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Y después del embarazo, ¿qué?

Gestar es una experiencia intensísima llena de cambios a todos los niveles. Todo cambia, traer una persona al mundo te cambia la vida; la personal, la familiar, la social, la laboral… Hay quienes la definen como una verdadera transformación, un torbellino de cambios constantes tanto internos como externos, únicos y continuos, primarios, primitivos, salvajes. No hay dos experiencias iguales.

Socialmente existe una idea romántica del embarazo y la maternidad que frecuentemente dista mucho de la realidad. El embarazo es un suceso socialmente positivizado e idealizado, todo el mundo habla de lo maravilloso que es, pero lo cierto es que existe una enorme variabilidad individual en la vivencia de cada mujer, y si el embarazo está idealizado, el posparto directamente está invisibilizado.

Maternar implica grandes cambios, de eso no hay duda. Ser madre puede ser la experiencia más sublime, tierna, excepcional y maravillosa de la vida, y al mismo tiempo la más contradictoria, agotadora, desesperante, dura y hostil. Y es que existe un gran foco puesto en el cuidado del embarazo pero desconocemos y descuidamos lo que implica realmente el puerperio y el posparto¿Qué pasa después del embarazo? ¿Por qué no se habla ni se sabe cómo es el posparto, cuánto dura, qué implica o qué tipo de apoyos se necesitan?

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Con la noticia de la llegada del bebé, la futura familia se va haciendo a la idea de los cambios venideros preparando todo lo que se supone es necesario: cunas, carros, sillitas, pañales, cremas, boas, fulares… Hay tiempo de preparar, de organizar, de pensar, de dejar volar la imaginación sobre el cómo será, de reflexionar sobre lo que queremos y lo que no, de ponernos en situación y de mirar de frente a la inminente maternidad (o continuidad cuando ya se es, con las consecuentes adaptaciones de la familia y los hermanos).

Durante la gestación, el organismo se va adaptando de una manera orgánica y natural al crecimiento del bebé día a día; la postura, el centro de gravedad, el tono muscular, la tensión y distensión del abdomen, el creciente y constante peso sobre el periné, la laxitud de todos los tejidos, la frecuencia y la capacidad cardiorrespiratorias, la posición de todos los órganos internos, del tracto digestivo, las presiones internas, las segregaciones neurohormonales… todo se adapta, se reorganiza y se prepara para que el bebé crezca hasta que decida nacer (porque sí, es el cerebro del bebé quien marca el inicio del parto cuando está preparado para nacer), sin olvidarnos por supuesto de la intensidad psicológica y emocional que supone esta experiencia vital, los pensamientos acerca de los cambios de vida, las reflexiones, las dudas, las expectativas, los miedos frecuentes sobre si saldrá todo bien, si lo sabremos hacer bien (…).

Desde los ámbitos familiar, sanitario y social, la madre y el bebé reciben una especial atención y protección durante este periodo de gestación, recibiendo unos cuidados constantes y continuos mediante el seguimiento de la matrona, las pruebas médicas, el apoyo de toda la red personal y familiar, las vacunaciones, la especial de la pareja en caso de haberla…

Sin embargo, una vez pasado el parto, de la noche a la mañana esa mujer embarazada pasa de tener todo el foco puesto en ella a ocupar un segundo plano donde el bebé es ahora el epicentro de todo; en cuestión de horas la mujer pasa del “cuerpo gestante” al “cuerpo criante”, con unas sensaciones que poco-nada tienen que ver a las del embarazo, con un parto a las espaldas y con una criatura recién nacida totalmente dependiente de su madre como verdaderas crías mamíferas que todos somos cuando nacemos.

De entrada, el parto es para muchas mujeres una de las experiencias más potentes y trascendentales de su vida, la intensidad física y psíquica que implica es enorme, de hecho es un evento que suele quedar grabado profundamente en la memoria dada su intensidad y excepcionalidad (Held, 1989), por eso cuando le preguntas a una mujer cómo ha sido su parto lo suele recordar de manera muy nítida a lo largo de toda su vida, e incluso nombrando detalles que habitualmente pasarían desapercibidos. Su alcance es tal que la expresión o activación de por vida de algunos de nuestros genes depende exclusivamente del ambiente celular en el momento del parto tal y como explica la epigenética (Dahlen et al. 2013), pero más allá de la experiencia de cada mujer que siempre será única, irrepetible e individual, el parto es sin duda un trabajo duro, con un impacto corporal y existencial enormes, un proceso intensísimo en el que el bebé pasa de ser una parte orgánica de tu ser a convertirse en una criatura independiente, un cuerpo que se convierte en dos.

Durante el embarazo y el parto los tejidos han sido presionados, tensionados, distendidos, readaptados y modificados, y tras él, todos esos cambios se van poco a poco revirtiendo volviendo a su lugar. Este período inmediatamente tras el parto es conocido como puerperio, – la cuarentena -, y es el tiempo en el que todos nuestros tejidos se van transformando de nuevo poco a poco volviendo a un estado más similar al de las condiciones pregestacionales: el útero se contrae durante semanas regresando a su tamaño habitual mediante un proceso llamado involución uterina, las heridas se van reparando y cicatrizando en los casos de desgarros, episiotomías y cesáreas, los niveles hormonales se van reequilibrando, se instaura la lactancia materna en caso de desearla, se reconfiguran todos los órganos internos ocupando de nuevo su lugar, se reajustan los volúmenes de sangre, el cerebro se adapta a la crianza, y así en un sinfín de cambios.

En este momento de la vida, muchas veces nos encontramos externa e internamente muy diferentes, nosotras en sí lo estamos, “ya no somos la misma”, el modo de vernos, el modo de sentirnos, el modo de auto-percibirnos, incluso el modo de mostrarnos al mundo cambia. Y esto es totalmente normal y requiere de un entendimiento del proceso, de la comprensión de lo que está ocurriendo en nuestro cuerpo-mente, de darnos tiempo, de respetar nuestros ritmos, de permitirnos el descanso y la recuperación sin culpas ni remordimientos, de recibir la atención y el sustento de nuestro entorno, y en definitiva, va de cuidados.

Es importante saber que tras el embarazo y el parto hay una serie de cambios hormonales muy potentes que duran semanas e incluso meses, inmediatamente tras el parto todos los tejidos de nuestro cuerpo están más laxos, nuestro cuerpo y nuestra pelvis se han preparado para parir y estas modificaciones no ocurren de un día para otro sino que hay una progresividad en el tiempo, y por esto es importantísimo cuidarnos y proteger nuestro cuerpo de manera adecuada, escuchándolo, promoviendo el descanso, favoreciendo posiciones horizontales (que no inmovilidad, ¡ojo!), evitando tareas domésticas y cargas los primeros días, proveyendo a esa madre de todos los cuidados que necesite para su bienestar y el de su bebé, y facilitando una incorporación a la cotidianidad pro-gre-si-va. Sólo de este modo se consiguen respetar los tiempos y los ritmos de nuestro organismo y recuperar adecuadamente todos nuestros tejidos, especialmente el suelo pélvico y el abdomen que son dos de las estructuras más vulnerables en este momento, y cuya correcta funcionalidad es fundamental para prevenir patologías futuras como hernias, prolapsos o incontinencias.

Cada posparto es diferente, al igual que cada embarazo, no hay dos iguales. Los límites temporales del posparto realmente son muy difusos. Los tiempos que se manejan en líneas generales son 6 semanas – la conocida cuarentena -, pero hay mujeres que necesitan 8 semanas, otras 10 y otras 15, las hay que en 4 están y se sienten realmente bien, y las hay que al año todavía se resienten, y esto es importante tenerlo en cuenta porque hay madres que conviven con molestias, dolores, sensaciones alteradas, etc., que deben ser escuchadas, valoradas y tratadas adecuadamente, más allá del “eso se cura con el tiempo” que tantas veces se repite en numerosas consultas, infravalorando e ignorando la salud de esas madres.

La cuarentena es un espacio reconocido en todas las culturas del mundo, cada una a su manera, con el único objetivo de procurar el descanso y la adaptación de esa nueva madre y de ese nuevo bebé que han llegado al mundo (porque si, él también tiene que adaptarse a este nuevo entorno tan distinto al útero materno). Dar tiempo al cuerpo y a la mente, respetar los ritmos propios de cada miembro de la familia, permitir que poco a poco todo se vuelva a reajustar y encontrar nuestra nueva “normalidad” nos hará transitar este período de un modo más coherente y armónico, y apreciar mejor estos momentos tan únicos que no se van a volver a repetir jamás.

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Cuando las expectativas se confunden con la realidad. Si miramos afuera, los anuncios, los programas de televisión y las revistas donde aparecen famosas, es frecuente hacerse una sesión fotográfica a los dos días de haber parido subida en unos tacones, perfectamente vestida, peinada y maquillada, con una sonrisa estupenda mostrando una apariencia de “aquí no ha pasado nada”, cuando la realidad de la inmensa mayoría de las mujeres mortales no tiene nada -pero nada- que ver con esta imagen de posparto “normal”.

Esto tiene un impacto directo en nuestro imaginario y nos hace normalizar ciertos patrones que luego cuesta mucho desmitificar. Se nos vende un posparto idealizado disfrazado de normalidad exento de dolores y molestias, con un vientre plano inmediato, cuerpos recuperados a velocidad relámpago y sensaciones maravillosas, cuando la realidad tiene mucho más que ver con un cuerpo agotado y distinto, con mamas hinchadas y el abdomen distendido, con ojeras en la cara y estrías en la piel, con puntos en el periné y con sentimientos difusos entremezclados con angustia, responsabilidad, lloros y cansancio, entuertos dolorosos y sangrados habituales debidos a la normal involución uterina, el periné resentido y frecuentes molestias para ir al baño, sumado todo ello a la demanda continua de la -o las- criaturas. Ya no hablemos si ha habido un parto traumático, o una cesárea que implica una verdadera intervención quirúrgica que genera todavía más molestias, más dolor, mayor incapacidad y mayor tiempo de recuperación, con la consecuente cicatriz a tratar, física y emocional.

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La maternidad de cuento no existe, lo que existe es un periodo de la vida de estar constantemente pendiente de ese recién nacido, de no pegar ojo, de recuperarse a marchas forzadas, de cicatrices, flacidez y estrías, de contradicciones y dualidades, de dudas e inseguridades, de comentarios y consejos muchas veces no pedidos, de enormes alteraciones del sueño, de tener que compaginar esta nueva situación con la vida pasada y de no tener tiempo ni para ir tranquila al baño.

Sin duda hay tantos pospartos como mujeres, y además no sólo depende del estado físico sino también del pisco-emocional y del apoyo sanitario-familiar que cada mujer reciba, así que es muy complicado resumir lo que implica el posparto, pero sin duda esta imagen representa mucho más fielmente la realidad de las madres hoy en día.

Más allá de los números, me temo que nadie se recupera en 40 días, así que parémonos un momento a reflexionar y tomemos conciencia de lo que implica este proceso. No se trata de sentenciar la maternidad, sino de visibilizar las condiciones reales a las que se enfrentan las madres, de comprenderlas, y a partir de aquí brindar un apoyo consciente y unos cuidados más acordes con las necesidades reales de las madres, los bebés y las familias.

Darnos cuenta de lo poco valorados que están los cuidados, la maternidad y la crianza en un mundo donde parece que sólo cuenta la productividad y el trabajo remunerado es un acto revolucionario. Maternar es un trabajo valiosísimo que influye directamente en la sociedad en la que viviremos mañana, por mucho que no esté reconocido, valorado, ni remunerado.

 

¿Realmente nos conocemos?

Cada vez son más las mujeres que demandan consultas de fisioterapia especializada en suelo pélvico, ya sea porque se han quedado embarazadas y saben que de algún modo influye, porque han pasado un parto y quieren recuperarse o tienen problemas a la hora de retomar las relaciones, o porque a partir de la menopausia han empezado a tener pérdidas de orina cuando cogen pesos, practican deporte o simplemente se ríen. Pero, ¿por qué nos sucede? ¿acaso antes no había disfunciones de suelo pélvico?

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La cantidad de mujeres con disfunciones de suelo pélvico en todo el mundo es incalculable. Las cifras de los estudios científicos varían muchísimo porque cada estudio emplea una metodología diferente y cada disfunción se analiza por separado. Las estimaciones revelan que alrededor del 35% de las mujeres padecen incontinencia urinaria, entre el 16 y el 20% han padecido o padecen habitualmente dolor asociado a las relaciones sexuales, y el 33% padece algún tipo de prolapso. Son tasas altísimas que reflejan la magnitud de un verdadero problema de salud pública, y sin embargo son patologías que a día de hoy se continúan infravalorando, invisibilizando y lo que es aún peor: normalizando. Y es que detrás de todo esto hay una herencia cultural profundamente misógina y machista que ha impregnado cada ámbito de nuestra vida.  

Desde pequeñas se nos han transmitido una serie de mensajes muy claros acerca de cómo tenía que ser la relación con nuestro cuerpo; se nos ha enseñado que nuestros genitales son feos, oscuros, obscenos y sucios, que huelen mal y se debe esconder, nos han repetido una y otra vez “eso no se mira”, “eso no se toca”, “con eso no se juega”, “las señoritas no se tocan ahí”, “eso es de cochinas” (…) mientras que a los niños sí se les ha permitido descubrir y explorar su cuerpo de un modo mucho más libre y menos represivo, mirándose y tocándose sin esos condicionantes externos negativos más o menos inconscientes.

Puede parecer irrelevante, pero cuando los niños con 3 – 4 – 5 – 6 años se tocan, se miran, juegan, se exploran, prueban a estirarse el pene, a presionarlo, a girarlo, etc., realmente están descubriendo su cuerpo, se están auto-conociendo y están integrando su genitalidad en su esquema corporal, lo cual es fundamental para adquirir un buen desarrollo corporal propioceptivo (sentir adecuadamente el intercambio constante de información sensorial y motora del cuerpo).

Si de niñas no se nos permite explorar y conocer nuestro cuerpo de manera libre, orgánica y natural, sin juicios ni restricciones, y si aún encima se normaliza la represión hacia nuestra propia genitalidad (“eso no se toca”, “eso no se mira”), nuestro cerebro no configura de manera nítida esa parte de nuestro cuerpo, porque lo que no se ve y no se toca, para el cerebro no existe, -así funciona la fisiología neuronal-, y esto se traduce en mujeres que no se conocen, que no se tocan -o lo hacen lo justo-, e influye directamente sobre nuestra salud corporal, emocional y sexual.

“El sexo empieza a ocultarse cuando el cuerpo comienza a menospreciarse”

(Palabras de Ascensión Gómez, matrona y fisioterapeuta directora de Centro Hebamme)

 

La sexualidad femenina siempre ha estado plagada de mitos, tabúes y censura a todos los niveles (académico, familiar, religioso, social, cultural…) y todavía a día de hoy se continúa perpetuando desde los mensajes de los medios de comunicación (películas, anuncios, revistas, programas de televisión…) hasta lo que se nos dice en nuestro entorno social y familiar con los típicos comentarios y consejos.

Un claro ejemplo de ello es el lenguaje que comúnmente usamos. El lenguaje es un claro reflejo de cómo siente, piensa y actúa una sociedad, y la manera que tenemos de denominar a nuestros genitales continúa siendo errónea y cargada de connotaciones negativas. ¿De qué maneras nombramos los genitales masculinos? “Falo”, “nabo”, “banana”, “pepino”, “sable”, “salchicha”, “manguera”, “culebra”, “palote”, “chorizo”, “trabuco”, “berenjena”, (…) todas ellas haciendo referencia al pene en erección, -cómo no-, y siendo mayoritariamente representado como algo grande, magno, digno de admiración y orgullo, con unas connotaciones totalmente distintas a las que se suele emplear en nuestro caso.

En cambio a nosotras, ¿de qué manera se nos ha enseñado a nombrar nuestros genitales? “flor”, “rajita”, “huchita”, “florecilla”, “chirri”, “chirla”, “conejo”, “felpudo”, “chumino”, “gatera”, “almeja”, “ahí abajo”, “los bajos fondos”… menos VULVA que es su verdadero nombre, ¡cualquier cosa!

Por no hablar del clítoris, típicamente identificado como “botón”, “punto”, “timbre”… como si fuera un órgano pequeño y sin importancia. El clítoris ha sido el órgano más ocultado de la historia y su historia merece un libro entero, así que le dedicaré un artículo en exclusiva más adelante, pero por contrastar mínimamente la información, el clítoris mide unos 10 cm aprox, su función no es otra que generar placer, y cuando nos excitamos se llena de sangre y puede hasta triplicar su tamaño, así que de botón tiene poco.

Nuestro lenguaje realmente es muy potente e influyente y es necesario tomar conciencia de cómo esto nos construye y nos modifica internamente, de cómo toda esta herencia cultural y la ausencia de una buena educación afectivo-sexual ha condicionado nuestra visión y la relación con nuestro cuerpo, porque es a partir de aquí desde donde podemos empezar a ser más conscientes y cambiar esas creencias y ese modo de mirarnos.

Y porque esta desconexión tan interiorizada y profunda de nuestras vulvas en nuestro mapa cerebral se correlaciona directamente con una enorme cantidad de patologías del suelo pélvico, con tener una menor conciencia corporal, con una imagen mental pobre, poco nítida, con unas barreras mentales acerca de no tocarse, no mirarse y no darnos placer muy profundos que luego cuesta mucho esfuerzo cambiar y desaprender.

Cada persona llevamos nuestra propia mochila de cargas (mentales, corporales y emocionales) que se interrelacionan entre sí, y ésta generalmente es una que se lleva la palma en un número demasiado elevado de mujeres. Tomar conciencia de ellas y comprender cómo nos afectan nos ayuda a responsabilizarnos de nuestro cuerpo, de nuestra salud y de nuestro placer, de autoconocernos y de decidir por nosotras mismas lo que nos gusta y queremos y lo que no.

Igual que conocemos a la perfección nuestra cara, nuestras manos o las pecas de nuestro cuerpo, es igual de necesario que conozcamos nuestros genitales y nuestro periné, que los miremos, los toquemos, los acariciemos, los tratemos con curiosidad, con cariño, con mimo y con respeto, porque forman parte de nuestro cuerpo, porque es absolutamente necesario para tener una buena salud sexual, porque autoconocerse es sano, nos genera seguridad, confianza en nosotros mismos, autoestima, bienestar y placer, y porque si no conocemos nuestro cuerpo es imposible poder cuidarlo bien.

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Recapitulando, podríamos decir que los problemas de suelo pélvico empiezan desde que somos muy pequeñas, producto muchas veces de una herencia cultural retrógrada sumada a una inexistente educación afectivo-sexual integral de calidad, lo cual nos dificulta enormemente al auto-conocimiento y la vinculación con nuestro periné, y nos predispone a tener unas creencias que poco-nada tienen que ver con la realidad, contribuyendo en última instancia a una buena parte de las patologías perineales actuales.

Si tienes algún problema de suelo pélvico o si conoces a alguien de tu entorno que pueda tenerlos, no dudes en compartir esta información y pedir ayuda para solucionarlo. No permitas que se continúen normalizando y cronificando los problemas de salud perineal femeninos, contribuye a combatirlos y prevenirlos difundiendo y compartiendo información real, nombrando cada parte del cuerpo de manera correcta, abordando la sexualidad de manera desprejuiciada y con naturalidad desde pequeños, sin ocultar información ni mentir, y normalizando el hablar del cuerpo en casa.

 

La información y el conocimiento son herramientas poderosísimas para mejorar el mundo, no lo dudes, ¡á(r)rmate!