Planificación del embarazo

Vivimos en una era donde la maternidad ya no es sólo una.

A diferencia de tiempos pasados, las mujeres en este país podemos elegir cuándo, cómo y de qué manera queremos iniciar la vivencia de nuestra maternidad, si es que la deseamos en algún momento de nuestra vida reproductiva. Lógicamente no hablamos de una planificación de oficina, de horas, días o meses concretos, pero sí podemos hablar de opciones, de deseo, de decisiones, de preparación y organización, de proyección e intención, y esto es algo que hasta hace no muchos años no tenía cabida en el proyecto de vida de la mayoría de las mujeres.

Si bien es cierto que desde la perspectiva histórica y de pensamiento la evolución es clara, plantearse la posibilidad de tener un hijo hoy día no sólo depende del deseo materno. La realidad laboral actual, la precariedad normalizada, la escasísima valoración social de la maternidad o las nulas facilidades para conciliar, dificultan enormemente e influyen en las decisiones de las futuras madres, que con frecuencia postergan el inicio de su maternidad, lo cual a su vez repercute en la propia vivencia.

Estos factores son indiscutibles, al menos para la mayoría de los mortales, pero en estos párrafos quiero dirigir el foco a otro tipo de cuestiones y condicionantes no menos relevantes como son la influencia de nuestra escasa educación sexual y reproductiva, del valor y los conocimientos entorno al maternaje, y el alcance de nuestras acciones diarias en el desarrollo de estos procesos.

Por dónde empiezo.

Cuando una mujer o una pareja se plantean tener hijos, es frecuente que comiencen a surgir dudas y preguntas que no se habían hecho antes. La mayoría de las veces, hasta que no llegamos a este momento, todo lo relacionado con la fertilidad, la maternidad y la crianza no nos ha interesado mucho más allá de imaginarlo en un posible lejano horizonte, de modo que cuando llegamos a este punto y nos abrimos a este nuevo mundo, caemos en la cuenta de que sabemos más bien poco.

Tras ello, como siempre, el trasfondo sociocultural que todo lo envuelve.

La mayoría de nosotras crecemos con un profundo desconocimiento sobre nuestros cuerpos, que más o menos vamos rellenando conforme nos hacemos más mayores según las experiencias y el interés personal que cada cual vamos desarrollando por el camino. Aspectos como conocer el ritmo de nuestros ciclos o saber reconocer cuándo estamos ovulando, son claves para conocer y optimizar nuestra fertilidad. Incluso más allá del área reproductiva, estos aspectos se consideran verdaderos indicadores de salud al ser un fiel reflejo del funcionamiento del cuerpo, pero son conocimientos a los que apenas se les presta atención ni importancia, y que sin embargo nos aportan un nivel de sabiduría, de consciencia y de control corporal que nos puede ayudar muchísimo en la búsqueda (y en la no búsqueda) de un embarazo.

La concepción empieza mucho antes de la primera relación.

Normalmente una no decide convertirse en madre en el mismo momento de disponerse a concebir. Desde el punto de vista puramente biológico la concepción comenzaría aquí, óvulo + esperma = cigoto, hasta aquí todo simplista y bien, pero desde una perspectiva más amplia y sobretodo real, la concepción comienza mucho más atrás. Desde las primeras ideas y pensamientos sobre dicha posibilidad, con el planteamiento de traer una vida al mundo, con la intención de gestar, parir, criar, cuidar, nutrir, calmar, acompañar y amar a unas o varias criaturas durante unos cuantos años, con muchas conversaciones con una misma y también con el otro cuando lo hay, con el encuentro con un deseo materno propio y único, con las dudas sobre si es ese el camino que se desea transitar, y con un porrón de cuestiones de vida más que necesitamos planificar y pensar como la gestión de la economía familiar, la revisión de nuestros hábitos, si hay algo a cambiar (como dejar de fumar, comer mejor o moverse más), cómo esa familia se va a organizar, si hay más hijos, si hay otras personas que cuidar, con qué apoyos va a poder contar, cuáles serían los primeros pasos a dar… A todo esto se le llama periodo o etapa preconcepcional, y tiene mucho más peso y valor del que a priori nos podamos imaginar.

Vayamos un poquito más atrás.

Hoy día se sabe que lo que la futura madre haga antes de la concepción condicionará directamente la propia gestación. Lo que comemos, lo que nos movamos, los ritmos de vida que llevemos, el ejercicio físico que hagamos, donde vivamos, el aire que respiramos, el contacto con la naturaleza que mantengamos, el estrés que suframos, lo mal o bien que descansemos, las patologías previas y la edad que tengamos, si nos medicamos, si fumamos, si nos hidratamos, si nos sentimos queridas y apoyadas, si contamos con un buen círculo social de sostén y amistad… Todo ello moldea, afecta y construye directamente nuestra salud, y también el estado y calidad de nuestro sistema hormonal y nuestros órganos y tejidos reproductivos.

Por lo tanto, si somos conscientes de la influencia de todos estos condicionantes en nuestra salud y en la del futuro bebé, podemos pararnos a revisar y detectar si hemos de cambiar algún hábito y empezar a mejorarlo desde ya. Y no sólo por el impacto que puede llegar a tener en la salud del futuro bebé, -que es enorme-, sino por nosotras, por nuestra salud y bienestar, porque para cuidar antes hemos de cuidarnos nosotras, porque nuestro cuerpo es nuestro verdadero y único hogar, porque nos lo merecemos, porque sí.

Ejemplo: si dejar de fumar puede llegar a ser un proceso difícil y estresante, tener que hacerlo de forma abrupta e inesperada en un embarazo probablemente lo será mucho más. Si en vez de irnos habituando a no fumar meses antes de gestar lo posponemos hasta el momento en que ya lo estamos haciendo, los niveles de ansiedad, estrés y cortisol serán mucho mayores y más difíciles de sobrellevar, y lo mismo ocurrirá con el resto de adicciones y malos hábitos.

Gestando o no, ejercicio por favor.

Otro pilar de salud clave es la práctica de ejercicio físico. Hoy día se sabe que la actividad física es fundamental a lo largo de toda la gestación, ya no sólo a partir del segundo y tercer trimestre como se venía pensando, ¡también en el primero!. Adquirir unos buenos hábitos de ejercicio y movimiento previos a la concepción, y mantenerlos, se asocia a una mejor implantación del embrión, mejor infiltración placentaria, mayor control del peso gestacional materno y fetal, menor riesgo de desarrollar trastornos tipo diabetes o preeclampsia, mejora del bienestar materno, e incluso se asocia a una primera etapa de parto más corta y un menor número de cesáreas. Así que ejercitarnos, movernos, cansarnos, entrenar fuerza, resistencia, trabajar movilidad, hacer yoga o bailar debería estar presente de manera constante en nuestras vidas, gestemos o no.

Concebir y gestar son funciones corporales de lujo.

Desde el punto de vista fisiológico, nuestro cuerpo considera la reproducción un lujo. Si pasamos hambre, sueño o miedo de forma mantenida en el tiempo, si nos sentimos atacadas o si nos faltan las energías, nuestro cuerpo no va a priorizar la función reproductiva ya que ésta requiere una gran cantidad de energía. Hará todo lo contrario, destinará la energía en mantener activados los antiquísimos sistemas de supervivencia que nos han ayudado a sobrevivir a lo largo de la historia (los sistemas de lucha y huída) lo cual reducirá drásticamente las posibilidades de reproducción. En este aspecto, como en muchos otros, nos diferenciamos bien poco del resto de especies mamíferas.

Este hecho sucede por ejemplo en personas que sufren anorexia nerviosa o bulimia; si su cuerpo detecta una escasez de energía y de nutrientes demasiado grande, aparece una amenorrea (paran de menstruar y por lo tanto paran de ovular), de modo que su sistema reproductor “se apaga” y no se reanuda hasta que se recuperan las condiciones energéticas mínimas como para hacer viable un embarazo. Este ejemplo representa situaciones patológicas graves en las que el cuerpo responde de manera contundente, pero puede ocurrirnos cuando vivimos con un alto nivel de estrés mantenido que puede pasar más desapercibido, por ejemplo, y viene a decirnos que si nuestro cuerpo no está en un estado de equilibrio saludable, las posibilidades de concebir y gestar van a ser menores. Dependerá de cada organismo, de sus adaptaciones y de sus circunstancias.

Cuando querer no es poder.

Actualmente la infertilidad está afectando entorno a un 10-15% de la población mundial, lo cual es un porcentaje sin precedentes. Se considera infértil una pareja que no consigue el embarazo tras un año de relaciones sexuales sin medidas anticonceptivas, y nunca antes en la historia de la humanidad nuestra especie había sufrido tal crisis de fertilidad.

Se sospecha y se va sabiendo que tras ello hay un conjunto de factores como son la edad, el estrés mantenido derivado de los ritmos de vida “modernos”, la exposición a tóxicos y contaminantes ambientales, inflamaciones orgánicas sistémicas mantenidas derivadas de la mala alimentación (consumo de procesados, grasas trans, azúcares…), del sedentarismo, del tabaco, de la farmacología, y de un sin fín de cosas que nos afectan, porque como ya hemos dicho, todo nos afecta, nos moldea y nos influye día a día constantemente.

Cualquier mujer o pareja que decide que quiere tener un hijo y no lo consigue, en mayor o menor medida, sufre. Porque no sólo se enfrenta a un diagnóstico que les dificulta o imposibilita su proyecto de traer un hijo al mundo, también surgen por el camino muchas veces episodios de ansiedad y depresión con los que lidiar, presiones extra añadidas del entorno y autoimpuestas, y quienes optan por someterse a procesos de reproducción asistida han de lidiar además con unos costes económicos y emocionales muchas veces muy elevados.

Estas no son las vivencias esperadas cuando una desea ser madre, pero a veces pasa, y cada vez con mayor frecuencia en esta nuestra sociedad occidental, así que no está de más nombrar estas realidades, muchas veces invisibles, vividas desde el silencio y el temor, que causan dolor y que también forman parte de las diversas experiencias de la maternidad.

De este modo podemos vislumbrar que la experiencia que cada cual tenga entorno a su maternidad va a ser y es siempre única, distinta e infinitamente variable.

Ojo, que no todo el peso ha de recaer en la mujer.

Hasta que la ciencia no se ha puesto las pilas con el estudio de los problemas de fertilidad, cuando una pareja no conseguía el embarazo se apuntaba al cuerpo de la mujer como principal responsable de la no concepción. La vieja ciencia machista y casposa siempre señalaba a las mujeres cuando no se conseguía tener hijos y exculpaba a los hombres de cualquier problema que tuviera que ver con ellos, no se fuera a dudar de su virilidad. De hecho, años atrás, cuando una mujer no tenía hijos se decía “que no valía”, ¡¡¡que no valía!!!, como si su valor dependiese de su capacidad de traer hijos al mundo (mucho cuidado con el pensamiento del que venimos. Como dice Noe de Paquita Salas, es para reflexionar…)

Afortunadamente hoy sabemos mucho más, como que las dificultades para concebir residen en ambos sexos por igual, presentando alteraciones tanto hombres como mujeres casi al 50% de las veces. Así que si he mencionado la especial relevancia que tienen los hábitos de salud de la madre en la etapa preconcepcional, exactamente lo mismo ocurre con los del padre. La calidad de su esperma dependerá de cómo se nutra, cómo se cuide, cómo se sienta, cómo descanse, el ejercicio que haga, los hábitos de vida que tenga, de descanso, niveles de estrés, alcohol, tabaquismo, drogas… volvemos a lo mismo, el estado real y general de salud del padre también determina e influye directamente en el futuro bebé.

Frente al antiguo determinismo genético que nos venía diciendo que nuestro futuro estaba escrito en nuestros genes, y que por lo tanto poco podíamos hacer, la epigenética ha demostrado que es el entorno lo que condiciona la expresión o no de dichos genes. Dicho de otro modo, somos nosotros con nuestros actos los que determinamos nuestra salud a corto, medio y largo plazo, y las de varias generaciones venideras, dicho sea de paso.

Entonces, ¿cuándo empezamos realmente a adentrarnos en la pa-maternidad?

Buena pregunta. Supongo que como en muchas de las decisiones importantes de la vida, una se va preparando durante el tiempo que necesita a varios niveles (físico, mental, emocional, social, laboral…) como quien quiere preparar un hortal y sabe que para ello primero hay que labrar la tierra, después sembrar, regar día a día y cuidar cada mata hasta que va dando sus frutos.

Con la evidencia disponible en la mano, animo a apostar por aprovechar todos esos conocimientos y esmerarnos en conocer y conectar con nuestro propio cuerpo, con nuestros ritmos y con nuestros deseos. Si somos conscientes del impacto tan potente y positivo que tiene nutrirnos bien, movernos y cuidarnos cada día, hagámoslo. Este buen trato hacia una misma, junto con esa intencionalidad puesta en aportar lo mejor al futuro bebé, trascenderá sin duda alguna en unas mejores condiciones generales y en una vivencia más alineada y confiada, más segura, tranquila y receptiva de todo el proceso.

Ahora sabemos que gran parte de la etapa preconcepcional, que será variable en tiempo y formas, está en nuestra mano. Tenemos la posibilidad, la responsabilidad y el poder de anticiparnos e influir positivamente en el desarrollo de nuestro embarazo y de nuestra criatura a corto, medio y largo plazo, me atrevería a decir que incluso más de lo que la ciencia perinatal está llegando a demostrar (que ya es bastante). Aprovechemos toda esa sabiduría y valoremos todas esas capacidades de cambio, de mejora, de crear vida a través de la vida, y mirémoslo como el regalo y el tesoro que son.

Así que si me preguntaran por dónde se empieza, propondría:

Dedícate tiempo a ti, a esa preparación del cuerpo-mente y alma con cuidado y con cariño, revisa con calma si hay algún aspecto de los que hemos mencionado que sería posible y positivo mejorar, aprovecha toda la información tan amplia y rica que disponemos hoy día sobre ciclo menstrual, sobre optimización de la fertilidad, sobre lo que acontece en el embarazo, sobre la fisiología del parto, de la lactancia y de la crianza humana, acude a tu matrona para que te asesore, te despeje dudas y te ayude a planificar, empápate de libros y documentales que hay preciosos sobre la fisiología y las necesidades del bebé, de la mamá y de la familia en cada etapa, pero sobre todo, disfruta del proceso. Permítete disfrutar de lo que va aconteciendo a cada momento, y cuando llegue el momento, permítete vincularte con tu bebé desde el mismísimo principio de la gestación aunque haya miedo e incertidumbre, porque el miedo y la incertidumbre son inherentes a la vida misma.

Te animo a que investigues más con propuestas tan interesantes como:

  • “Mamíferas”, un documental imprescindible de Sandra D. Siachoque
  • “Parir” de Ibone Olza
  • “Ante todo mucha calma” de Natalia Valverde y Sabina del Río
  • “El bebé es un mamífero” de Michel Odent
  • “Comer, amar, mamar” de Carlos González (aunque recomiendo encarecidamente cualquiera de sus libros)
  • “Niños sanos, adultos sanos” de Xavi Cañellas y Jesús Sanchís
  • “Mamá ¿tú me quieres?” de Noe Batega
  • “Embarazo seguro” y “Parto seguro” de Beatrijs Smmulders
  • “Parir sin miedo” el legado de Consuelo Ruiz Vélez-Frías
  • “La nueva revolución del nacimiento” de Isabel Fernández del Castillo
  • “Mamá desobediente” de Esther Vivas
  • Los contenidos de la web de la Asociación “El parto es nuestro”
  • Los documentales “Babies” e “In the womb”
  • La serie de Netflix “Babies”

Y seguro que hay muchísimas joyas más, ¡disfrútalas!

Y después del embarazo, ¿qué?

Gestar es una experiencia intensísima llena de cambios a todos los niveles. Todo cambia, traer una persona al mundo te cambia la vida; la personal, la familiar, la social, la laboral… Hay quienes la definen como una verdadera transformación, un torbellino de cambios constantes tanto internos como externos, únicos y continuos, primarios, primitivos, salvajes. No hay dos experiencias iguales.

Socialmente existe una idea romántica del embarazo y la maternidad que frecuentemente dista mucho de la realidad. El embarazo es un suceso socialmente positivizado e idealizado, todo el mundo habla de lo maravilloso que es, pero lo cierto es que existe una enorme variabilidad individual en la vivencia de cada mujer, y si el embarazo está idealizado, el posparto directamente está invisibilizado.

Maternar implica grandes cambios, de eso no hay duda. Ser madre puede ser la experiencia más sublime, tierna, excepcional y maravillosa de la vida, y al mismo tiempo la más contradictoria, agotadora, desesperante, dura y hostil. Y es que existe un gran foco puesto en el cuidado del embarazo pero desconocemos y descuidamos lo que implica realmente el puerperio y el posparto¿Qué pasa después del embarazo? ¿Por qué no se habla ni se sabe cómo es el posparto, cuánto dura, qué implica o qué tipo de apoyos se necesitan?

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Con la noticia de la llegada del bebé, la futura familia se va haciendo a la idea de los cambios venideros preparando todo lo que se supone es necesario: cunas, carros, sillitas, pañales, cremas, boas, fulares… Hay tiempo de preparar, de organizar, de pensar, de dejar volar la imaginación sobre el cómo será, de reflexionar sobre lo que queremos y lo que no, de ponernos en situación y de mirar de frente a la inminente maternidad (o continuidad cuando ya se es, con las consecuentes adaptaciones de la familia y los hermanos).

Durante la gestación, el organismo se va adaptando de una manera orgánica y natural al crecimiento del bebé día a día; la postura, el centro de gravedad, el tono muscular, la tensión y distensión del abdomen, el creciente y constante peso sobre el periné, la laxitud de todos los tejidos, la frecuencia y la capacidad cardiorrespiratorias, la posición de todos los órganos internos, del tracto digestivo, las presiones internas, las segregaciones neurohormonales… todo se adapta, se reorganiza y se prepara para que el bebé crezca hasta que decida nacer (porque sí, es el cerebro del bebé quien marca el inicio del parto cuando está preparado para nacer), sin olvidarnos por supuesto de la intensidad psicológica y emocional que supone esta experiencia vital, los pensamientos acerca de los cambios de vida, las reflexiones, las dudas, las expectativas, los miedos frecuentes sobre si saldrá todo bien, si lo sabremos hacer bien (…).

Desde los ámbitos familiar, sanitario y social, la madre y el bebé reciben una especial atención y protección durante este periodo de gestación, recibiendo unos cuidados constantes y continuos mediante el seguimiento de la matrona, las pruebas médicas, el apoyo de toda la red personal y familiar, las vacunaciones, la especial de la pareja en caso de haberla…

Sin embargo, una vez pasado el parto, de la noche a la mañana esa mujer embarazada pasa de tener todo el foco puesto en ella a ocupar un segundo plano donde el bebé es ahora el epicentro de todo; en cuestión de horas la mujer pasa del “cuerpo gestante” al “cuerpo criante”, con unas sensaciones que poco-nada tienen que ver a las del embarazo, con un parto a las espaldas y con una criatura recién nacida totalmente dependiente de su madre como verdaderas crías mamíferas que todos somos cuando nacemos.

De entrada, el parto es para muchas mujeres una de las experiencias más potentes y trascendentales de su vida, la intensidad física y psíquica que implica es enorme, de hecho es un evento que suele quedar grabado profundamente en la memoria dada su intensidad y excepcionalidad (Held, 1989), por eso cuando le preguntas a una mujer cómo ha sido su parto lo suele recordar de manera muy nítida a lo largo de toda su vida, e incluso nombrando detalles que habitualmente pasarían desapercibidos. Su alcance es tal que la expresión o activación de por vida de algunos de nuestros genes depende exclusivamente del ambiente celular en el momento del parto tal y como explica la epigenética (Dahlen et al. 2013), pero más allá de la experiencia de cada mujer que siempre será única, irrepetible e individual, el parto es sin duda un trabajo duro, con un impacto corporal y existencial enormes, un proceso intensísimo en el que el bebé pasa de ser una parte orgánica de tu ser a convertirse en una criatura independiente, un cuerpo que se convierte en dos.

Durante el embarazo y el parto los tejidos han sido presionados, tensionados, distendidos, readaptados y modificados, y tras él, todos esos cambios se van poco a poco revirtiendo volviendo a su lugar. Este período inmediatamente tras el parto es conocido como puerperio, – la cuarentena -, y es el tiempo en el que todos nuestros tejidos se van transformando de nuevo poco a poco volviendo a un estado más similar al de las condiciones pregestacionales: el útero se contrae durante semanas regresando a su tamaño habitual mediante un proceso llamado involución uterina, las heridas se van reparando y cicatrizando en los casos de desgarros, episiotomías y cesáreas, los niveles hormonales se van reequilibrando, se instaura la lactancia materna en caso de desearla, se reconfiguran todos los órganos internos ocupando de nuevo su lugar, se reajustan los volúmenes de sangre, el cerebro se adapta a la crianza, y así en un sinfín de cambios.

En este momento de la vida, muchas veces nos encontramos externa e internamente muy diferentes, nosotras en sí lo estamos, “ya no somos la misma”, el modo de vernos, el modo de sentirnos, el modo de auto-percibirnos, incluso el modo de mostrarnos al mundo cambia. Y esto es totalmente normal y requiere de un entendimiento del proceso, de la comprensión de lo que está ocurriendo en nuestro cuerpo-mente, de darnos tiempo, de respetar nuestros ritmos, de permitirnos el descanso y la recuperación sin culpas ni remordimientos, de recibir la atención y el sustento de nuestro entorno, y en definitiva, va de cuidados.

Es importante saber que tras el embarazo y el parto hay una serie de cambios hormonales muy potentes que duran semanas e incluso meses, inmediatamente tras el parto todos los tejidos de nuestro cuerpo están más laxos, nuestro cuerpo y nuestra pelvis se han preparado para parir y estas modificaciones no ocurren de un día para otro sino que hay una progresividad en el tiempo, y por esto es importantísimo cuidarnos y proteger nuestro cuerpo de manera adecuada, escuchándolo, promoviendo el descanso, favoreciendo posiciones horizontales (que no inmovilidad, ¡ojo!), evitando tareas domésticas y cargas los primeros días, proveyendo a esa madre de todos los cuidados que necesite para su bienestar y el de su bebé, y facilitando una incorporación a la cotidianidad pro-gre-si-va. Sólo de este modo se consiguen respetar los tiempos y los ritmos de nuestro organismo y recuperar adecuadamente todos nuestros tejidos, especialmente el suelo pélvico y el abdomen que son dos de las estructuras más vulnerables en este momento, y cuya correcta funcionalidad es fundamental para prevenir patologías futuras como hernias, prolapsos o incontinencias.

Cada posparto es diferente, al igual que cada embarazo, no hay dos iguales. Los límites temporales del posparto realmente son muy difusos. Los tiempos que se manejan en líneas generales son 6 semanas – la conocida cuarentena -, pero hay mujeres que necesitan 8 semanas, otras 10 y otras 15, las hay que en 4 están y se sienten realmente bien, y las hay que al año todavía se resienten, y esto es importante tenerlo en cuenta porque hay madres que conviven con molestias, dolores, sensaciones alteradas, etc., que deben ser escuchadas, valoradas y tratadas adecuadamente, más allá del “eso se cura con el tiempo” que tantas veces se repite en numerosas consultas, infravalorando e ignorando la salud de esas madres.

La cuarentena es un espacio reconocido en todas las culturas del mundo, cada una a su manera, con el único objetivo de procurar el descanso y la adaptación de esa nueva madre y de ese nuevo bebé que han llegado al mundo (porque si, él también tiene que adaptarse a este nuevo entorno tan distinto al útero materno). Dar tiempo al cuerpo y a la mente, respetar los ritmos propios de cada miembro de la familia, permitir que poco a poco todo se vuelva a reajustar y encontrar nuestra nueva “normalidad” nos hará transitar este período de un modo más coherente y armónico, y apreciar mejor estos momentos tan únicos que no se van a volver a repetir jamás.

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Cuando las expectativas se confunden con la realidad. Si miramos afuera, los anuncios, los programas de televisión y las revistas donde aparecen famosas, es frecuente hacerse una sesión fotográfica a los dos días de haber parido subida en unos tacones, perfectamente vestida, peinada y maquillada, con una sonrisa estupenda mostrando una apariencia de “aquí no ha pasado nada”, cuando la realidad de la inmensa mayoría de las mujeres mortales no tiene nada -pero nada- que ver con esta imagen de posparto “normal”.

Esto tiene un impacto directo en nuestro imaginario y nos hace normalizar ciertos patrones que luego cuesta mucho desmitificar. Se nos vende un posparto idealizado disfrazado de normalidad exento de dolores y molestias, con un vientre plano inmediato, cuerpos recuperados a velocidad relámpago y sensaciones maravillosas, cuando la realidad tiene mucho más que ver con un cuerpo agotado y distinto, con mamas hinchadas y el abdomen distendido, con ojeras en la cara y estrías en la piel, con puntos en el periné y con sentimientos difusos entremezclados con angustia, responsabilidad, lloros y cansancio, entuertos dolorosos y sangrados habituales debidos a la normal involución uterina, el periné resentido y frecuentes molestias para ir al baño, sumado todo ello a la demanda continua de la -o las- criaturas. Ya no hablemos si ha habido un parto traumático, o una cesárea que implica una verdadera intervención quirúrgica que genera todavía más molestias, más dolor, mayor incapacidad y mayor tiempo de recuperación, con la consecuente cicatriz a tratar, física y emocional.

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La maternidad de cuento no existe, lo que existe es un periodo de la vida de estar constantemente pendiente de ese recién nacido, de no pegar ojo, de recuperarse a marchas forzadas, de cicatrices, flacidez y estrías, de contradicciones y dualidades, de dudas e inseguridades, de comentarios y consejos muchas veces no pedidos, de enormes alteraciones del sueño, de tener que compaginar esta nueva situación con la vida pasada y de no tener tiempo ni para ir tranquila al baño.

Sin duda hay tantos pospartos como mujeres, y además no sólo depende del estado físico sino también del pisco-emocional y del apoyo sanitario-familiar que cada mujer reciba, así que es muy complicado resumir lo que implica el posparto, pero sin duda esta imagen representa mucho más fielmente la realidad de las madres hoy en día.

Más allá de los números, me temo que nadie se recupera en 40 días, así que parémonos un momento a reflexionar y tomemos conciencia de lo que implica este proceso. No se trata de sentenciar la maternidad, sino de visibilizar las condiciones reales a las que se enfrentan las madres, de comprenderlas, y a partir de aquí brindar un apoyo consciente y unos cuidados más acordes con las necesidades reales de las madres, los bebés y las familias.

Darnos cuenta de lo poco valorados que están los cuidados, la maternidad y la crianza en un mundo donde parece que sólo cuenta la productividad y el trabajo remunerado es un acto revolucionario. Maternar es un trabajo valiosísimo que influye directamente en la sociedad en la que viviremos mañana, por mucho que no esté reconocido, valorado, ni remunerado.