Planificación del embarazo

Vivimos en una era donde la maternidad ya no es sólo una.

A diferencia de tiempos pasados, las mujeres en este país podemos elegir cuándo, cómo y de qué manera queremos iniciar la vivencia de nuestra maternidad, si es que la deseamos en algún momento de nuestra vida reproductiva. Lógicamente no hablamos de una planificación de oficina, de horas, días o meses concretos, pero sí podemos hablar de opciones, de deseo, de decisiones, de preparación y organización, de proyección e intención, y esto es algo que hasta hace no muchos años no tenía cabida en el proyecto de vida de la mayoría de las mujeres.

Si bien es cierto que desde la perspectiva histórica y de pensamiento la evolución es clara, plantearse la posibilidad de tener un hijo hoy día no sólo depende del deseo materno. La realidad laboral actual, la precariedad normalizada, la escasísima valoración social de la maternidad o las nulas facilidades para conciliar, dificultan enormemente e influyen en las decisiones de las futuras madres, que con frecuencia postergan el inicio de su maternidad, lo cual a su vez repercute en la propia vivencia.

Estos factores son indiscutibles, al menos para la mayoría de los mortales, pero en estos párrafos quiero dirigir el foco a otro tipo de cuestiones y condicionantes no menos relevantes como son la influencia de nuestra escasa educación sexual y reproductiva, del valor y los conocimientos entorno al maternaje, y el alcance de nuestras acciones diarias en el desarrollo de estos procesos.

Por dónde empiezo.

Cuando una mujer o una pareja se plantean tener hijos, es frecuente que comiencen a surgir dudas y preguntas que no se habían hecho antes. La mayoría de las veces, hasta que no llegamos a este momento, todo lo relacionado con la fertilidad, la maternidad y la crianza no nos ha interesado mucho más allá de imaginarlo en un posible lejano horizonte, de modo que cuando llegamos a este punto y nos abrimos a este nuevo mundo, caemos en la cuenta de que sabemos más bien poco.

Tras ello, como siempre, el trasfondo sociocultural que todo lo envuelve.

La mayoría de nosotras crecemos con un profundo desconocimiento sobre nuestros cuerpos, que más o menos vamos rellenando conforme nos hacemos más mayores según las experiencias y el interés personal que cada cual vamos desarrollando por el camino. Aspectos como conocer el ritmo de nuestros ciclos o saber reconocer cuándo estamos ovulando, son claves para conocer y optimizar nuestra fertilidad. Incluso más allá del área reproductiva, estos aspectos se consideran verdaderos indicadores de salud al ser un fiel reflejo del funcionamiento del cuerpo, pero son conocimientos a los que apenas se les presta atención ni importancia, y que sin embargo nos aportan un nivel de sabiduría, de consciencia y de control corporal que nos puede ayudar muchísimo en la búsqueda (y en la no búsqueda) de un embarazo.

La concepción empieza mucho antes de la primera relación.

Normalmente una no decide convertirse en madre en el mismo momento de disponerse a concebir. Desde el punto de vista puramente biológico la concepción comenzaría aquí, óvulo + esperma = cigoto, hasta aquí todo simplista y bien, pero desde una perspectiva más amplia y sobretodo real, la concepción comienza mucho más atrás. Desde las primeras ideas y pensamientos sobre dicha posibilidad, con el planteamiento de traer una vida al mundo, con la intención de gestar, parir, criar, cuidar, nutrir, calmar, acompañar y amar a unas o varias criaturas durante unos cuantos años, con muchas conversaciones con una misma y también con el otro cuando lo hay, con el encuentro con un deseo materno propio y único, con las dudas sobre si es ese el camino que se desea transitar, y con un porrón de cuestiones de vida más que necesitamos planificar y pensar como la gestión de la economía familiar, la revisión de nuestros hábitos, si hay algo a cambiar (como dejar de fumar, comer mejor o moverse más), cómo esa familia se va a organizar, si hay más hijos, si hay otras personas que cuidar, con qué apoyos va a poder contar, cuáles serían los primeros pasos a dar… A todo esto se le llama periodo o etapa preconcepcional, y tiene mucho más peso y valor del que a priori nos podamos imaginar.

Vayamos un poquito más atrás.

Hoy día se sabe que lo que la futura madre haga antes de la concepción condicionará directamente la propia gestación. Lo que comemos, lo que nos movamos, los ritmos de vida que llevemos, el ejercicio físico que hagamos, donde vivamos, el aire que respiramos, el contacto con la naturaleza que mantengamos, el estrés que suframos, lo mal o bien que descansemos, las patologías previas y la edad que tengamos, si nos medicamos, si fumamos, si nos hidratamos, si nos sentimos queridas y apoyadas, si contamos con un buen círculo social de sostén y amistad… Todo ello moldea, afecta y construye directamente nuestra salud, y también el estado y calidad de nuestro sistema hormonal y nuestros órganos y tejidos reproductivos.

Por lo tanto, si somos conscientes de la influencia de todos estos condicionantes en nuestra salud y en la del futuro bebé, podemos pararnos a revisar y detectar si hemos de cambiar algún hábito y empezar a mejorarlo desde ya. Y no sólo por el impacto que puede llegar a tener en la salud del futuro bebé, -que es enorme-, sino por nosotras, por nuestra salud y bienestar, porque para cuidar antes hemos de cuidarnos nosotras, porque nuestro cuerpo es nuestro verdadero y único hogar, porque nos lo merecemos, porque sí.

Ejemplo: si dejar de fumar puede llegar a ser un proceso difícil y estresante, tener que hacerlo de forma abrupta e inesperada en un embarazo probablemente lo será mucho más. Si en vez de irnos habituando a no fumar meses antes de gestar lo posponemos hasta el momento en que ya lo estamos haciendo, los niveles de ansiedad, estrés y cortisol serán mucho mayores y más difíciles de sobrellevar, y lo mismo ocurrirá con el resto de adicciones y malos hábitos.

Gestando o no, ejercicio por favor.

Otro pilar de salud clave es la práctica de ejercicio físico. Hoy día se sabe que la actividad física es fundamental a lo largo de toda la gestación, ya no sólo a partir del segundo y tercer trimestre como se venía pensando, ¡también en el primero!. Adquirir unos buenos hábitos de ejercicio y movimiento previos a la concepción, y mantenerlos, se asocia a una mejor implantación del embrión, mejor infiltración placentaria, mayor control del peso gestacional materno y fetal, menor riesgo de desarrollar trastornos tipo diabetes o preeclampsia, mejora del bienestar materno, e incluso se asocia a una primera etapa de parto más corta y un menor número de cesáreas. Así que ejercitarnos, movernos, cansarnos, entrenar fuerza, resistencia, trabajar movilidad, hacer yoga o bailar debería estar presente de manera constante en nuestras vidas, gestemos o no.

Concebir y gestar son funciones corporales de lujo.

Desde el punto de vista fisiológico, nuestro cuerpo considera la reproducción un lujo. Si pasamos hambre, sueño o miedo de forma mantenida en el tiempo, si nos sentimos atacadas o si nos faltan las energías, nuestro cuerpo no va a priorizar la función reproductiva ya que ésta requiere una gran cantidad de energía. Hará todo lo contrario, destinará la energía en mantener activados los antiquísimos sistemas de supervivencia que nos han ayudado a sobrevivir a lo largo de la historia (los sistemas de lucha y huída) lo cual reducirá drásticamente las posibilidades de reproducción. En este aspecto, como en muchos otros, nos diferenciamos bien poco del resto de especies mamíferas.

Este hecho sucede por ejemplo en personas que sufren anorexia nerviosa o bulimia; si su cuerpo detecta una escasez de energía y de nutrientes demasiado grande, aparece una amenorrea (paran de menstruar y por lo tanto paran de ovular), de modo que su sistema reproductor “se apaga” y no se reanuda hasta que se recuperan las condiciones energéticas mínimas como para hacer viable un embarazo. Este ejemplo representa situaciones patológicas graves en las que el cuerpo responde de manera contundente, pero puede ocurrirnos cuando vivimos con un alto nivel de estrés mantenido que puede pasar más desapercibido, por ejemplo, y viene a decirnos que si nuestro cuerpo no está en un estado de equilibrio saludable, las posibilidades de concebir y gestar van a ser menores. Dependerá de cada organismo, de sus adaptaciones y de sus circunstancias.

Cuando querer no es poder.

Actualmente la infertilidad está afectando entorno a un 10-15% de la población mundial, lo cual es un porcentaje sin precedentes. Se considera infértil una pareja que no consigue el embarazo tras un año de relaciones sexuales sin medidas anticonceptivas, y nunca antes en la historia de la humanidad nuestra especie había sufrido tal crisis de fertilidad.

Se sospecha y se va sabiendo que tras ello hay un conjunto de factores como son la edad, el estrés mantenido derivado de los ritmos de vida “modernos”, la exposición a tóxicos y contaminantes ambientales, inflamaciones orgánicas sistémicas mantenidas derivadas de la mala alimentación (consumo de procesados, grasas trans, azúcares…), del sedentarismo, del tabaco, de la farmacología, y de un sin fín de cosas que nos afectan, porque como ya hemos dicho, todo nos afecta, nos moldea y nos influye día a día constantemente.

Cualquier mujer o pareja que decide que quiere tener un hijo y no lo consigue, en mayor o menor medida, sufre. Porque no sólo se enfrenta a un diagnóstico que les dificulta o imposibilita su proyecto de traer un hijo al mundo, también surgen por el camino muchas veces episodios de ansiedad y depresión con los que lidiar, presiones extra añadidas del entorno y autoimpuestas, y quienes optan por someterse a procesos de reproducción asistida han de lidiar además con unos costes económicos y emocionales muchas veces muy elevados.

Estas no son las vivencias esperadas cuando una desea ser madre, pero a veces pasa, y cada vez con mayor frecuencia en esta nuestra sociedad occidental, así que no está de más nombrar estas realidades, muchas veces invisibles, vividas desde el silencio y el temor, que causan dolor y que también forman parte de las diversas experiencias de la maternidad.

De este modo podemos vislumbrar que la experiencia que cada cual tenga entorno a su maternidad va a ser y es siempre única, distinta e infinitamente variable.

Ojo, que no todo el peso ha de recaer en la mujer.

Hasta que la ciencia no se ha puesto las pilas con el estudio de los problemas de fertilidad, cuando una pareja no conseguía el embarazo se apuntaba al cuerpo de la mujer como principal responsable de la no concepción. La vieja ciencia machista y casposa siempre señalaba a las mujeres cuando no se conseguía tener hijos y exculpaba a los hombres de cualquier problema que tuviera que ver con ellos, no se fuera a dudar de su virilidad. De hecho, años atrás, cuando una mujer no tenía hijos se decía “que no valía”, ¡¡¡que no valía!!!, como si su valor dependiese de su capacidad de traer hijos al mundo (mucho cuidado con el pensamiento del que venimos. Como dice Noe de Paquita Salas, es para reflexionar…)

Afortunadamente hoy sabemos mucho más, como que las dificultades para concebir residen en ambos sexos por igual, presentando alteraciones tanto hombres como mujeres casi al 50% de las veces. Así que si he mencionado la especial relevancia que tienen los hábitos de salud de la madre en la etapa preconcepcional, exactamente lo mismo ocurre con los del padre. La calidad de su esperma dependerá de cómo se nutra, cómo se cuide, cómo se sienta, cómo descanse, el ejercicio que haga, los hábitos de vida que tenga, de descanso, niveles de estrés, alcohol, tabaquismo, drogas… volvemos a lo mismo, el estado real y general de salud del padre también determina e influye directamente en el futuro bebé.

Frente al antiguo determinismo genético que nos venía diciendo que nuestro futuro estaba escrito en nuestros genes, y que por lo tanto poco podíamos hacer, la epigenética ha demostrado que es el entorno lo que condiciona la expresión o no de dichos genes. Dicho de otro modo, somos nosotros con nuestros actos los que determinamos nuestra salud a corto, medio y largo plazo, y las de varias generaciones venideras, dicho sea de paso.

Entonces, ¿cuándo empezamos realmente a adentrarnos en la pa-maternidad?

Buena pregunta. Supongo que como en muchas de las decisiones importantes de la vida, una se va preparando durante el tiempo que necesita a varios niveles (físico, mental, emocional, social, laboral…) como quien quiere preparar un hortal y sabe que para ello primero hay que labrar la tierra, después sembrar, regar día a día y cuidar cada mata hasta que va dando sus frutos.

Con la evidencia disponible en la mano, animo a apostar por aprovechar todos esos conocimientos y esmerarnos en conocer y conectar con nuestro propio cuerpo, con nuestros ritmos y con nuestros deseos. Si somos conscientes del impacto tan potente y positivo que tiene nutrirnos bien, movernos y cuidarnos cada día, hagámoslo. Este buen trato hacia una misma, junto con esa intencionalidad puesta en aportar lo mejor al futuro bebé, trascenderá sin duda alguna en unas mejores condiciones generales y en una vivencia más alineada y confiada, más segura, tranquila y receptiva de todo el proceso.

Ahora sabemos que gran parte de la etapa preconcepcional, que será variable en tiempo y formas, está en nuestra mano. Tenemos la posibilidad, la responsabilidad y el poder de anticiparnos e influir positivamente en el desarrollo de nuestro embarazo y de nuestra criatura a corto, medio y largo plazo, me atrevería a decir que incluso más de lo que la ciencia perinatal está llegando a demostrar (que ya es bastante). Aprovechemos toda esa sabiduría y valoremos todas esas capacidades de cambio, de mejora, de crear vida a través de la vida, y mirémoslo como el regalo y el tesoro que son.

Así que si me preguntaran por dónde se empieza, propondría:

Dedícate tiempo a ti, a esa preparación del cuerpo-mente y alma con cuidado y con cariño, revisa con calma si hay algún aspecto de los que hemos mencionado que sería posible y positivo mejorar, aprovecha toda la información tan amplia y rica que disponemos hoy día sobre ciclo menstrual, sobre optimización de la fertilidad, sobre lo que acontece en el embarazo, sobre la fisiología del parto, de la lactancia y de la crianza humana, acude a tu matrona para que te asesore, te despeje dudas y te ayude a planificar, empápate de libros y documentales que hay preciosos sobre la fisiología y las necesidades del bebé, de la mamá y de la familia en cada etapa, pero sobre todo, disfruta del proceso. Permítete disfrutar de lo que va aconteciendo a cada momento, y cuando llegue el momento, permítete vincularte con tu bebé desde el mismísimo principio de la gestación aunque haya miedo e incertidumbre, porque el miedo y la incertidumbre son inherentes a la vida misma.

Te animo a que investigues más con propuestas tan interesantes como:

  • “Mamíferas”, un documental imprescindible de Sandra D. Siachoque
  • “Parir” de Ibone Olza
  • “Ante todo mucha calma” de Natalia Valverde y Sabina del Río
  • “El bebé es un mamífero” de Michel Odent
  • “Comer, amar, mamar” de Carlos González (aunque recomiendo encarecidamente cualquiera de sus libros)
  • “Niños sanos, adultos sanos” de Xavi Cañellas y Jesús Sanchís
  • “Mamá ¿tú me quieres?” de Noe Batega
  • “Embarazo seguro” y “Parto seguro” de Beatrijs Smmulders
  • “Parir sin miedo” el legado de Consuelo Ruiz Vélez-Frías
  • “La nueva revolución del nacimiento” de Isabel Fernández del Castillo
  • “Mamá desobediente” de Esther Vivas
  • Los contenidos de la web de la Asociación “El parto es nuestro”
  • Los documentales “Babies” e “In the womb”
  • La serie de Netflix “Babies”

Y seguro que hay muchísimas joyas más, ¡disfrútalas!

Reflexiones de la adolescencia

Tenía 15 años cuando tuve mi primer novio y me inicié en mis primeras relaciones sexuales con alguien. No teníamos mucho dinero así que comprábamos a escondidas los preservativos más baratos que había. Un día se nos rompió el condón, no sé por qué motivo, si por mala colocación, por mala conservación (los llevábamos escondidos en las mochilas de la piscina o en los bolsillos pegados al cuerpo en pleno verano), la cuestión es que se rompió, y todo lo que sucedió después fue una de las peores vivencias de mi vida.

*  *  *

Sabíamos que el hecho de haberse roto era peligroso y podía significar un posible embarazo, -ETS aparte-, así que había que conseguir «la píldora famosa» como fuera. Él estaba preocupado, pero el marrón y el mal trago me lo comí yo solita. Tenía miedo. De hecho estaba cagada de miedo. Estaba híper nerviosa. Sabía que tenía que hacer algo y pronto, porque si tardaba en tomar la famosa píldora del día de después cada vez podría tener menos efecto. Lo sabía porque el año anterior, en tercero de la ESO, un día en una hora de clase vino una sexóloga a hablarnos sobre coitos (que no sobre relaciones sexuales) y nos dió 4 pinceladas pobres sobre cómo poner un condón, cómo funcionaba la píldora esa y al final de clase como nos sobraban 5 minutos nos enseñó un condón con cabeza de diablo en la punta (claro, tras 50 minutos de clase ya lo sabíamos todo, no había nada más que contar…). Yo no sabía a quién carajo contárselo, ¿a mis padres que con 15 años de edad y varios meses de noviazgo no me habían hablado de sexo en mi vida? ¿A una hermana 6 años mayor que yo que iba a su bola y temía cómo reaccionase o que se lo contase a nuestros padres? No me podía arriesgar. Sabía que en la farmacia no me la iban a dar por ser menor de edad. Y en tal caso ni siquiera me atrevía a ir a la farmacia del pueblo. Cómo iba a ir allí, con qué cara le pides a la farmacéutica de tu pueblo que te conoce desde bebé la pastilla del día de después. Empecé a buscar en foros de internet maneras de abortar, leí todo tipo de “remedios” tipo infusiones de hierbas que no sabía ni dónde se compraban, ejercicios como saltar fuerte mucho rato, incluso pegarme puñetazos en la tripa. Empecé a llorar desconsolada. Qué había hecho. Hice un amago de pegarme en el abdomen pero no fui capaz de darme fuerte. Concretamente recuerdo una de las respuestas de ese foro que decía que si lo habíamos hecho, ahora que apechugáramos. Y esa no era una respuesta única, había muchas, muchísimas más con la misma intencionalidad y estilo. Señoros anónimos sin tener ni p*ajolera idea de tu vida diciéndote que te jodas y que tengas un bebé que ni puedes, ni quieres tener. Un hurra por todos los gilipollas que se creen con la superioridad moral suficiente como para juzgarte y decirte lo que tienes que hacer en una situación así, y otro para los que nos machacan, nos cargan y nos responsabilizan exclusivamente  a las mujeres.

Finalmente decidí acudir a una prima también 6 años mayor que yo a quien le conté todo mi problema y quien, con 21 añazos, sinceramente tampoco sabía muy bien qué hacer. Su gran idea fue ir al centro de salud del pueblo (claro, vivíamos en un pueblo pequeño donde todo el mundo se conoce y los secretos tienen las patas cortas), pedirle la píldora al médico de guardia (era por la tarde) y guardarla bajo la lengua para dármela nada mas salir de allí. Claro, yo le acompañé, qué inocentes… La verdad es que no recuerdo bien qué es lo que nos dijo, pero no se lo tragó ni de lejos. Terminamos por contarle la verdad, que a la que se le había roto el preservativo era a mí. Aquel médico de guardia era mi médico de cabecera de toda la vida, ese hombre llevaba 15 años curándome los catarros, las gripes y las anginas, auscultándome, mirándome la espalda, la garganta y los oídos, se conocía toda mi historia clínica y familiar, y por supuesto también era el médico de cabecera de mis padres. Recuerdo estar en aquella sala de consultas de urgencias blanca y fría, ver cómo se quitaba las gafas, dedicarme una mirada juzgadora y condescendiente y decirme con su característica voz grave que si quería conseguir la píldora se lo tendría que contar a mis padres. En aquel momento, a mí se me caía el mundo encima. Qué había hecho. El corazón me latía más rápido de lo que se me salían las lágrimas. Y eso ya era decir. Cómo iba a reaccionar mi madre (porque por supuesto a mi padre no pensaba decírselo ni loca, nuestra relación era más que distante), pero estaba claro que no me quedaba más remedio. Subí a mi casa, entré a la habitación de mis padres y le conté todo a mi madre. Me miró entre decepcionada y estupefacta, se sentó despacio en la cama, respiró hondo, creo que hasta se mareó. Muy enfadada me dijo que ella llevaba toda la vida usando y no se le había roto nunca ninguno. No me creyó. Supongo que pensó que lo había hecho sin protección. Me dijo muy enfadada que nos íbamos a ir ahora mismo, y que si nos preguntaba alguien por la calle que dijera que me dolía el codo. Caminamos a toda prisa sin hablar hasta el ambulatorio y una vez allí me la dieron. Volvimos a casa de la misma manera, caminando muy deprisa, sin dirigirnos la palabra, y sinceramente tampoco recuerdo bien qué es lo que pasó después. Supongo que avisé a mi novio de que por fin me la había conseguido tomar, y me quedé en casa a llorar y a descansar. Mi nivel de estrés alcanzado creo que fue estratosférico. Me sentía mal, me sentía muy mal, me sentía culpable, me dolía el alma, no tenía consuelo, y todo por haber querido tener relaciones con mi novio en plena adolescencia. Mi madre me dijo que no le contara nada a mi padre (yo tampoco pensaba hacerlo), que ya vería ella cómo y cuándo se lo contaría. La cosa quedó ahí. No tengo unos recuerdos tan nítidos de aquella época como éstos. Una tarde, a los pocos días de haber pasado aquella fatídica tarde, con el disgusto ya algo menos presente, yo estaba tranquilamente en el cuarto de mi hermana no sé si jugando o haciendo un trabajo en el ordenador de mesa que teníamos en casa. Mi padre entró en el cuarto sin apenas hacer ruido, me tocó el hombro derecho por detrás con un par de dedos como quien llama a un desconocido cualquiera que está sentado en un bar, y me dijo mirándome a los ojos absolutamente serio: “tu madre me lo ha contado y voy a tardar mucho tiempo a volver a confiar en ti”. Me quedé de piedra. No sabía qué hacer, creo que le dije un “pues vale” y me giré de nuevo hacia la pantalla del ordenador fingiendo falsa despreocupación. En realidad, ese “pues vale” comprimía toda mi tristeza, mi rabia y mi incomprensión más absoluta hacia la actitud de mi padre. ¿Qué tipo de mierda de frase es ésta para decirle a tu hija después del mal trago que ha pasado? ¿Cómo quieres que me sienta? ¿Acaso os habéis molestado en hablar conmigo sobre relaciones en algún momento de vuestra vida? La respuesta claramente era no. Nunca. Jamás se volvió a hablar en casa sobre ello, ni de este tema ni de ninguno que tuviera que ver con el sexo.

*  *  *

Ésta es una de las historias de mi vida, una historia de una joven cualquiera de la generación del 92 hace 12 años, pero podría ser la historia de cualquiera. Conozco muchísimas historias como ésta, de amigas, primas, conocidas, amigas de amigas, tú misma muy probablemente también habrás tenido vivencias desagradables entorno a tu sexualidad, y no tanto por la gravedad de los hechos en sí sino por el cómo lo sentimos y el cómo lo vivimos.

Es muy triste, doloroso y lamentable ver la falta de información, de recursos y de apoyo que hemos tenido y que aún hoy siguen teniendo los jóvenes. Mi problema no fue que tuviera relaciones con mi novio con 15 años y se me rompiera el condón, no, mi problema fue que no recibí una educación sexual en condiciones, que no tenía referencias, ni apoyo, ni un vínculo sano de confianza con mis padres para poder solucionar mi problema, y que con 15 años se nos negaba una sexualidad que era sana, era normal, era natural y que sobre todo era NUESTRA.

Yo no tengo rencor a mis padres por no haberme dado esa educación que tanta falta me hacía, sé que ellos lo hicieron como mejor creyeron que era en ese momento, de hecho ahora evidencio que todavía entienden muy poco de sexualidad, como la mayoría de los padres de su generación. Ellos fueron una generación educada en la ignorancia y el miedo a lo sexual, les enseñaron que era algo a ocultar, a esconder, que el placer era pecado y estaba mal, pero si aún encima lo hacías con 15 años, siendo chica, apaga y vámonos.

Me diría tantas cosas a mi yo adolescente… Ojalá hubiera tenido una educación sexual en condiciones, ojalá hubiera tenido información, ojalá me hubieran contado de qué iba todo esto, qué debía hacer si se rompía un preservativo, cómo evitar que me volviera a suceder, ojalá hubiera tenido acceso a preservativos con normalidad, ojalá hubiera tenido la confianza para llamar a mis padres corriendo nada mas pasarme aquello sin miedo a las represalias, ojalá.

Supongo que tampoco nos enseñan a darle la importancia que tienen este tipo de cosas, y luego pasan los años y un día te das cuenta del verdadero impacto que ha tenido en tu vida. Porque te aseguro que lo tiene. Tantísimas historias y vivencias llenas de tristeza, dolor, rabia y vergüenza que se quedan grabadas en las mentes a fuego por negarnos el derecho a disfrutarnos y a querernos…

La sexualidad forma parte de la vida, de la infancia, de la adolescencia, de la edad adulta y de la vejez, es innegable, lo que si bien es distinta en cada etapa, cada parte tiene su importancia. Los mitos, los tabúes y la desinformación hacen estragos y todavía hoy seguimos suspendiendo en educación sexual y afectiva sana, segura y responsable.

Como sociedad tenemos un compromiso ineludible con las generaciones presentes y venideras, no quiero que este tipo de experiencias sigan sucediendo, ni que los jóvenes lleguen a la adolescencia sin tener ni idea de lo que sucede en sus cuerpos, de cómo establecer relaciones sanas y seguras, de cómo respetar sus cuerpos, qué opciones existen, cómo se puede actuar en cada caso o dónde se puede acudir por nombrar sólo algunas de las parcelas que engloba la sexualidad humana, y para ello hace falta mucha no, muchísima educación afectiva y sexual obligatoria a todos los niveles. Sólo así conseguiremos deshacernos de una vez por todas del ocultismo y la ignorancia, normalizar la sexualidad como parte inherente de la vida y cambiar así el modo de vivirnos, de aceptarnos, de querernos y de relacionarnos.