Los grandes mitos de la higiene vulvovaginal

¿Crees que es necesario emplear jabón para limpiar bien los genitales? ¿Te parece importante tener un hábito de higiene ‘extra’ para evitar malos olores? ¿Piensas que conviene usar algún tipo de jabón íntimo especial para una zona tan delicada? 

Quizá te sorprenda saber que todos esos productos de higiene íntima “específicos” (que si pH neutro, que si jabón especial, que si es de farmacia…) con muchísima frecuencia nos crean más problemas de los que aparentemente resuelven, lo que ocurre es que casi nunca asociamos esos problemas a su uso.

Existe una oferta enorme de este tipo de productos en el mercado (para nosotras, por supuesto, porque para el pene no encontrarás a penas ninguno), pero lo cierto es que tienen mucho más que ver con un interés económico en vendernos cuantos más mejor, que con una necesidad real de precisar un producto concreto.

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Desde pequeñas vemos por la tele anunciar jabones íntimos especiales para la vulva, toallitas húmedas perfumadas con olor a jazmín y a flores, compresas y salvaslips que neutralizan el olor, incluso productos para hacer duchas vaginales (esto todavía me deja súper perpleja) y otros tantos desechables llenos de químicos de uso más o menos cotidiano que realmente no necesitamos

Toda esa publicidad, junto con la escasa-nula educación sexual, nos ha hecho creer e interiorizar que nuestros genitales son sucios, que huelen mal y que debemos tener un cuidado y una higiene extra para mantener una buena higiene corporal. Pero señoras, ¡nada más lejos de la realidad!

Entremos en materia.

La vagina y la uretra son un tipo de tejido cuya capa externa -la que vemos- es mucosa, como el interior de la boca o los ojos. Es un tejido orgánico diferente a la piel, muy suave y húmedo, que necesita mantener un grado de humedad constante para que funcione correctamente. La vagina, además de esta humedad, tiene un pH ácido característico y un conjunto de microorganismos que habitan de manera natural en ella: la llamada flora o microbiota vaginal.

Digamos que nuestra vagina es un perfecto ecosistema que combina millones de bacterias y hongos que conviven en sano equilibrio, en un ambiente ácido concreto, que en conjunto forman una barrera defensiva natural que nos protege frente a infecciones y patógenos externos.

Este ecosistema es único en cada mujer y es absolutamente necesario para mantener una buena salud vulvo-vaginal. Ahora bien, ¿qué ocurre cuando aplicamos jabón en esta zona? el jabón es una sustancia detergente abrasiva que desequilibra el pH y altera la microbiota y la mucosa de nuestra vagina, y precisamente por este motivo muchas mujeres refieren síntomas frecuentes como picor, escozor, sequedad, piel irritada, e incluso flujo más denso o con mal olor¡Qué paradoja! Empleamos jabón y más jabón cuando percibimos este tipo de signos, lo cual a su vez los perpetúa y empeora! De hecho, actualmente se considera que la ruptura del equilibrio de las bacterias de la microbiota vaginal es el pilar fundamental en la génesis de las infecciones vaginales, ¡casi nada!.

Si os fijáis, la mayoría de estos jabones presumen de tener un pH neutro, como si ello nos viniese bien (desconozco dónde se informan los fabricantes pero madre mía qué fuentes). En los últimos tiempos también han aparecido en el mercado jabones de pH’s ácidos, lo que ocurre es que dentro de esa acidez cada mujer tenemos un pH propio y único que ningún jabón va a imitar y cuyos componentes van a continuar siendo irritativos e irrespetuosos con nuestra microbiota vaginal.

En resumidas cuentas, no nos conviene emplear ningún jabón para limpiar nuestra vulva. La única excepción será por prescripción médica ginecológica como coadyuvante a un tratamiento por un problema concreto, pero que siempre será de manera puntual y temporal.

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Entonces, ¿cuál es el mejor producto para limpiar la vulva? El mejor producto, ninguno. ¿Y cómo nos limpiamos entonces? Con agua y con nuestras manos, nada más y nada menos.

Para una correcta higiene hemos de dejar caer el agua entre los labios de la vulva y pasar los dedos suavemente entre los labios, así de sencillo. Si te fijas, entre los labios internos y los externos encontramos una especie de “valle” (llamado hendidura interlabial), en este lugar concretamente se segrega una sustancia antibacteriana que nos protege llamada esmegma* que debe ser limpiada con regularidad porque si se queda más tiempo de la cuenta se vuelve irritativa y genera un olor fuerte y desagradable, de ahí la importancia de retirarla. También es importante retirar hacia atrás el capuchón del clítoris y limpiar alrededor de éste, porque debajo de esta piel que cubre el glande de nuestro clítoris también puede acumularse esta sustancia que como decimos resulta irritativa si no la retiramos. Así, todos los repliegues de la vulva quedarían perfectamente limpios y sin alterar en absoluto ni su pH ni su flora.

* El esmegma es una sustancia blanquecina antibacteriana que se segrega en los repliegues de los genitales de hombres y mujeres pero que sólo ha sido ampliamente reconocida y estudiada en el hombre (¡qué novedad!). Del mismo modo que se secreta en la hendidura balano-prepucial del pene que vemos al retirar el prepucio y descubrir todo el glande, se secreta en la hendidura interlabial entre los labios internos y externos en la vulva.

Con asearnos una vez al día es suficiente, igual que con el resto del cuerpo. No hace falta hacer lavados “extra” para una correcta higiene, ni usar toallitas que no limpian y aun encima contienen químicos que también son muy irritativos (sobre todo las perfumadas). Y lo mismo ocurre con los salvaslips, las compresas del súper o los tampones, estos desechables contienen un montón de tóxicos que son absorbidos por las mucosas y que interfieren con la microbiota y con toda nuestra salud hormonal a modo de disrupciones endocrinos (relacionados a su vez con un buen listado de problemas ginecológicos). De hecho, durante muchos años, marcas muy famosas se negaron a publicar la composición de sus productos, pero ese es otro tema del que también nos ocuparemos en otro momento.

Tampoco es necesario asearnos más cuando menstruamos, la vagina de hecho se mantiene verdaderamente limpia porque por ella fluye la descamación del endometrio que arrastra consigo todo lo que no necesitamos. La sangre menstrual no huele, lo que huele es la sangre estancada mezclada con los químicos de esos desechables. Esto es algo que se hace muy evidente cuando “te pasas” a la copa menstrual (cuyo uso por cierto recomiendo enormemente) o pruebas los salvaslips y compresas de tela de algodón sin químicos.

Tampoco conviene emplear esponjas porque en ellas se suele acumular mucha suciedad, ni muchísimo menos lavar a nivel interno, por dentro, -la vagina vaya-, ya que la vagina es el órgano con el mejor sistema de limpieza de nuestro cuerpo y no requiere ningún tipo de higiene ni de lavado por nuestra parte, ella sola se “autolimpia” (así de sabia es la jodía).

Para terminar, me gustaría romper una lanza en favor de las bragas de algodón, “las de toda la vida”, porque esto también influye directamente en nuestra salud vulvo-vaginal. Las famosas tangas, tiras, blondas, lycras, elásticos, sintéticos, bordados, lazos… nada de esto sienta bien a nuestro periné. La piel de la vulva, al igual que la piel del resto del cuerpo, necesita respirar, no tener nada que la apriete ni comprima para que la sangre circule libremente sin problemas y no se genere humedad constante en la vulva que favorezca la proliferación de bacterias hacia la uretra (cuidado con esto quienes tengan infecciones urinarias frecuentes, ¡la humedad es el caldo de cultivo perfecto para la proliferación de los bichillos!).

La mejor opción sin duda siempre son las fibras de algodón, suaves, transpirables, que no aprieten. Otra opción fantástica es dormir directamente sin ropa interior para permitir que la piel transpire cien por cien y la sangre circule sin un ápice de dificultad (además de ser un gran placer, por cierto). Imaginaos mantener una parte de vuestro cuerpo (véase una mano, un brazo, un pie, lo que queráis) constantemente cubierta día y noche, ¿a que os terminaría resultando incómodo? pues lo mismo ocurre con el periné. 

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Ahora sí, sobran las razones para replantearse el uso de químicos innecesarios -o al menos reducirlos- y pasarse al only water in the shower, algodón diurno y aire libre nocturno. Cuidemos de nuestros perinés, la salud de nuestros tejidos nos lo agradecerán. La información es poder, si te parece útil, comparte!

Reflexiones de la adolescencia

Tenía 15 años cuando tuve mi primer novio y me inicié en mis primeras relaciones sexuales con alguien. No teníamos mucho dinero así que comprábamos a escondidas los preservativos más baratos que había. Un día se nos rompió el condón, no sé por qué motivo, si por mala colocación, por mala conservación (los llevábamos escondidos en las mochilas de la piscina o en los bolsillos pegados al cuerpo en pleno verano), la cuestión es que se rompió, y todo lo que sucedió después fue una de las peores vivencias de mi vida.

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Sabíamos que el hecho de haberse roto era peligroso y podía significar un posible embarazo, -ETS aparte-, así que había que conseguir «la píldora famosa» como fuera. Él estaba preocupado, pero el marrón y el mal trago me lo comí yo solita. Tenía miedo. De hecho estaba cagada de miedo. Estaba híper nerviosa. Sabía que tenía que hacer algo y pronto, porque si tardaba en tomar la famosa píldora del día de después cada vez podría tener menos efecto. Lo sabía porque el año anterior, en tercero de la ESO, un día en una hora de clase vino una sexóloga a hablarnos sobre coitos (que no sobre relaciones sexuales) y nos dió 4 pinceladas pobres sobre cómo poner un condón, cómo funcionaba la píldora esa y al final de clase como nos sobraban 5 minutos nos enseñó un condón con cabeza de diablo en la punta (claro, tras 50 minutos de clase ya lo sabíamos todo, no había nada más que contar…). Yo no sabía a quién carajo contárselo, ¿a mis padres que con 15 años de edad y varios meses de noviazgo no me habían hablado de sexo en mi vida? ¿A una hermana 6 años mayor que yo que iba a su bola y temía cómo reaccionase o que se lo contase a nuestros padres? No me podía arriesgar. Sabía que en la farmacia no me la iban a dar por ser menor de edad. Y en tal caso ni siquiera me atrevía a ir a la farmacia del pueblo. Cómo iba a ir allí, con qué cara le pides a la farmacéutica de tu pueblo que te conoce desde bebé la pastilla del día de después. Empecé a buscar en foros de internet maneras de abortar, leí todo tipo de “remedios” tipo infusiones de hierbas que no sabía ni dónde se compraban, ejercicios como saltar fuerte mucho rato, incluso pegarme puñetazos en la tripa. Empecé a llorar desconsolada. Qué había hecho. Hice un amago de pegarme en el abdomen pero no fui capaz de darme fuerte. Concretamente recuerdo una de las respuestas de ese foro que decía que si lo habíamos hecho, ahora que apechugáramos. Y esa no era una respuesta única, había muchas, muchísimas más con la misma intencionalidad y estilo. Señoros anónimos sin tener ni p*ajolera idea de tu vida diciéndote que te jodas y que tengas un bebé que ni puedes, ni quieres tener. Un hurra por todos los gilipollas que se creen con la superioridad moral suficiente como para juzgarte y decirte lo que tienes que hacer en una situación así, y otro para los que nos machacan, nos cargan y nos responsabilizan exclusivamente  a las mujeres.

Finalmente decidí acudir a una prima también 6 años mayor que yo a quien le conté todo mi problema y quien, con 21 añazos, sinceramente tampoco sabía muy bien qué hacer. Su gran idea fue ir al centro de salud del pueblo (claro, vivíamos en un pueblo pequeño donde todo el mundo se conoce y los secretos tienen las patas cortas), pedirle la píldora al médico de guardia (era por la tarde) y guardarla bajo la lengua para dármela nada mas salir de allí. Claro, yo le acompañé, qué inocentes… La verdad es que no recuerdo bien qué es lo que nos dijo, pero no se lo tragó ni de lejos. Terminamos por contarle la verdad, que a la que se le había roto el preservativo era a mí. Aquel médico de guardia era mi médico de cabecera de toda la vida, ese hombre llevaba 15 años curándome los catarros, las gripes y las anginas, auscultándome, mirándome la espalda, la garganta y los oídos, se conocía toda mi historia clínica y familiar, y por supuesto también era el médico de cabecera de mis padres. Recuerdo estar en aquella sala de consultas de urgencias blanca y fría, ver cómo se quitaba las gafas, dedicarme una mirada juzgadora y condescendiente y decirme con su característica voz grave que si quería conseguir la píldora se lo tendría que contar a mis padres. En aquel momento, a mí se me caía el mundo encima. Qué había hecho. El corazón me latía más rápido de lo que se me salían las lágrimas. Y eso ya era decir. Cómo iba a reaccionar mi madre (porque por supuesto a mi padre no pensaba decírselo ni loca, nuestra relación era más que distante), pero estaba claro que no me quedaba más remedio. Subí a mi casa, entré a la habitación de mis padres y le conté todo a mi madre. Me miró entre decepcionada y estupefacta, se sentó despacio en la cama, respiró hondo, creo que hasta se mareó. Muy enfadada me dijo que ella llevaba toda la vida usando y no se le había roto nunca ninguno. No me creyó. Supongo que pensó que lo había hecho sin protección. Me dijo muy enfadada que nos íbamos a ir ahora mismo, y que si nos preguntaba alguien por la calle que dijera que me dolía el codo. Caminamos a toda prisa sin hablar hasta el ambulatorio y una vez allí me la dieron. Volvimos a casa de la misma manera, caminando muy deprisa, sin dirigirnos la palabra, y sinceramente tampoco recuerdo bien qué es lo que pasó después. Supongo que avisé a mi novio de que por fin me la había conseguido tomar, y me quedé en casa a llorar y a descansar. Mi nivel de estrés alcanzado creo que fue estratosférico. Me sentía mal, me sentía muy mal, me sentía culpable, me dolía el alma, no tenía consuelo, y todo por haber querido tener relaciones con mi novio en plena adolescencia. Mi madre me dijo que no le contara nada a mi padre (yo tampoco pensaba hacerlo), que ya vería ella cómo y cuándo se lo contaría. La cosa quedó ahí. No tengo unos recuerdos tan nítidos de aquella época como éstos. Una tarde, a los pocos días de haber pasado aquella fatídica tarde, con el disgusto ya algo menos presente, yo estaba tranquilamente en el cuarto de mi hermana no sé si jugando o haciendo un trabajo en el ordenador de mesa que teníamos en casa. Mi padre entró en el cuarto sin apenas hacer ruido, me tocó el hombro derecho por detrás con un par de dedos como quien llama a un desconocido cualquiera que está sentado en un bar, y me dijo mirándome a los ojos absolutamente serio: “tu madre me lo ha contado y voy a tardar mucho tiempo a volver a confiar en ti”. Me quedé de piedra. No sabía qué hacer, creo que le dije un “pues vale” y me giré de nuevo hacia la pantalla del ordenador fingiendo falsa despreocupación. En realidad, ese “pues vale” comprimía toda mi tristeza, mi rabia y mi incomprensión más absoluta hacia la actitud de mi padre. ¿Qué tipo de mierda de frase es ésta para decirle a tu hija después del mal trago que ha pasado? ¿Cómo quieres que me sienta? ¿Acaso os habéis molestado en hablar conmigo sobre relaciones en algún momento de vuestra vida? La respuesta claramente era no. Nunca. Jamás se volvió a hablar en casa sobre ello, ni de este tema ni de ninguno que tuviera que ver con el sexo.

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Ésta es una de las historias de mi vida, una historia de una joven cualquiera de la generación del 92 hace 12 años, pero podría ser la historia de cualquiera. Conozco muchísimas historias como ésta, de amigas, primas, conocidas, amigas de amigas, tú misma muy probablemente también habrás tenido vivencias desagradables entorno a tu sexualidad, y no tanto por la gravedad de los hechos en sí sino por el cómo lo sentimos y el cómo lo vivimos.

Es muy triste, doloroso y lamentable ver la falta de información, de recursos y de apoyo que hemos tenido y que aún hoy siguen teniendo los jóvenes. Mi problema no fue que tuviera relaciones con mi novio con 15 años y se me rompiera el condón, no, mi problema fue que no recibí una educación sexual en condiciones, que no tenía referencias, ni apoyo, ni un vínculo sano de confianza con mis padres para poder solucionar mi problema, y que con 15 años se nos negaba una sexualidad que era sana, era normal, era natural y que sobre todo era NUESTRA.

Yo no tengo rencor a mis padres por no haberme dado esa educación que tanta falta me hacía, sé que ellos lo hicieron como mejor creyeron que era en ese momento, de hecho ahora evidencio que todavía entienden muy poco de sexualidad, como la mayoría de los padres de su generación. Ellos fueron una generación educada en la ignorancia y el miedo a lo sexual, les enseñaron que era algo a ocultar, a esconder, que el placer era pecado y estaba mal, pero si aún encima lo hacías con 15 años, siendo chica, apaga y vámonos.

Me diría tantas cosas a mi yo adolescente… Ojalá hubiera tenido una educación sexual en condiciones, ojalá hubiera tenido información, ojalá me hubieran contado de qué iba todo esto, qué debía hacer si se rompía un preservativo, cómo evitar que me volviera a suceder, ojalá hubiera tenido acceso a preservativos con normalidad, ojalá hubiera tenido la confianza para llamar a mis padres corriendo nada mas pasarme aquello sin miedo a las represalias, ojalá.

Supongo que tampoco nos enseñan a darle la importancia que tienen este tipo de cosas, y luego pasan los años y un día te das cuenta del verdadero impacto que ha tenido en tu vida. Porque te aseguro que lo tiene. Tantísimas historias y vivencias llenas de tristeza, dolor, rabia y vergüenza que se quedan grabadas en las mentes a fuego por negarnos el derecho a disfrutarnos y a querernos…

La sexualidad forma parte de la vida, de la infancia, de la adolescencia, de la edad adulta y de la vejez, es innegable, lo que si bien es distinta en cada etapa, cada parte tiene su importancia. Los mitos, los tabúes y la desinformación hacen estragos y todavía hoy seguimos suspendiendo en educación sexual y afectiva sana, segura y responsable.

Como sociedad tenemos un compromiso ineludible con las generaciones presentes y venideras, no quiero que este tipo de experiencias sigan sucediendo, ni que los jóvenes lleguen a la adolescencia sin tener ni idea de lo que sucede en sus cuerpos, de cómo establecer relaciones sanas y seguras, de cómo respetar sus cuerpos, qué opciones existen, cómo se puede actuar en cada caso o dónde se puede acudir por nombrar sólo algunas de las parcelas que engloba la sexualidad humana, y para ello hace falta mucha no, muchísima educación afectiva y sexual obligatoria a todos los niveles. Sólo así conseguiremos deshacernos de una vez por todas del ocultismo y la ignorancia, normalizar la sexualidad como parte inherente de la vida y cambiar así el modo de vivirnos, de aceptarnos, de querernos y de relacionarnos.

¿Realmente nos conocemos?

Cada vez son más las mujeres que demandan consultas de fisioterapia especializada en suelo pélvico, ya sea porque se han quedado embarazadas y saben que de algún modo influye, porque han pasado un parto y quieren recuperarse o tienen problemas a la hora de retomar las relaciones, o porque a partir de la menopausia han empezado a tener pérdidas de orina cuando cogen pesos, practican deporte o simplemente se ríen. Pero, ¿por qué nos sucede? ¿acaso antes no había disfunciones de suelo pélvico?

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La cantidad de mujeres con disfunciones de suelo pélvico en todo el mundo es incalculable. Las cifras de los estudios científicos varían muchísimo porque cada estudio emplea una metodología diferente y cada disfunción se analiza por separado. Las estimaciones revelan que alrededor del 35% de las mujeres padecen incontinencia urinaria, entre el 16 y el 20% han padecido o padecen habitualmente dolor asociado a las relaciones sexuales, y el 33% padece algún tipo de prolapso. Son tasas altísimas que reflejan la magnitud de un verdadero problema de salud pública, y sin embargo son patologías que a día de hoy se continúan infravalorando, invisibilizando y lo que es aún peor: normalizando. Y es que detrás de todo esto hay una herencia cultural profundamente misógina y machista que ha impregnado cada ámbito de nuestra vida.  

Desde pequeñas se nos han transmitido una serie de mensajes muy claros acerca de cómo tenía que ser la relación con nuestro cuerpo; se nos ha enseñado que nuestros genitales son feos, oscuros, obscenos y sucios, que huelen mal y se debe esconder, nos han repetido una y otra vez “eso no se mira”, “eso no se toca”, “con eso no se juega”, “las señoritas no se tocan ahí”, “eso es de cochinas” (…) mientras que a los niños sí se les ha permitido descubrir y explorar su cuerpo de un modo mucho más libre y menos represivo, mirándose y tocándose sin esos condicionantes externos negativos más o menos inconscientes.

Puede parecer irrelevante, pero cuando los niños con 3 – 4 – 5 – 6 años se tocan, se miran, juegan, se exploran, prueban a estirarse el pene, a presionarlo, a girarlo, etc., realmente están descubriendo su cuerpo, se están auto-conociendo y están integrando su genitalidad en su esquema corporal, lo cual es fundamental para adquirir un buen desarrollo corporal propioceptivo (sentir adecuadamente el intercambio constante de información sensorial y motora del cuerpo).

Si de niñas no se nos permite explorar y conocer nuestro cuerpo de manera libre, orgánica y natural, sin juicios ni restricciones, y si aún encima se normaliza la represión hacia nuestra propia genitalidad (“eso no se toca”, “eso no se mira”), nuestro cerebro no configura de manera nítida esa parte de nuestro cuerpo, porque lo que no se ve y no se toca, para el cerebro no existe, -así funciona la fisiología neuronal-, y esto se traduce en mujeres que no se conocen, que no se tocan -o lo hacen lo justo-, e influye directamente sobre nuestra salud corporal, emocional y sexual.

“El sexo empieza a ocultarse cuando el cuerpo comienza a menospreciarse”

(Palabras de Ascensión Gómez, matrona y fisioterapeuta directora de Centro Hebamme)

 

La sexualidad femenina siempre ha estado plagada de mitos, tabúes y censura a todos los niveles (académico, familiar, religioso, social, cultural…) y todavía a día de hoy se continúa perpetuando desde los mensajes de los medios de comunicación (películas, anuncios, revistas, programas de televisión…) hasta lo que se nos dice en nuestro entorno social y familiar con los típicos comentarios y consejos.

Un claro ejemplo de ello es el lenguaje que comúnmente usamos. El lenguaje es un claro reflejo de cómo siente, piensa y actúa una sociedad, y la manera que tenemos de denominar a nuestros genitales continúa siendo errónea y cargada de connotaciones negativas. ¿De qué maneras nombramos los genitales masculinos? “Falo”, “nabo”, “banana”, “pepino”, “sable”, “salchicha”, “manguera”, “culebra”, “palote”, “chorizo”, “trabuco”, “berenjena”, (…) todas ellas haciendo referencia al pene en erección, -cómo no-, y siendo mayoritariamente representado como algo grande, magno, digno de admiración y orgullo, con unas connotaciones totalmente distintas a las que se suele emplear en nuestro caso.

En cambio a nosotras, ¿de qué manera se nos ha enseñado a nombrar nuestros genitales? “flor”, “rajita”, “huchita”, “florecilla”, “chirri”, “chirla”, “conejo”, “felpudo”, “chumino”, “gatera”, “almeja”, “ahí abajo”, “los bajos fondos”… menos VULVA que es su verdadero nombre, ¡cualquier cosa!

Por no hablar del clítoris, típicamente identificado como “botón”, “punto”, “timbre”… como si fuera un órgano pequeño y sin importancia. El clítoris ha sido el órgano más ocultado de la historia y su historia merece un libro entero, así que le dedicaré un artículo en exclusiva más adelante, pero por contrastar mínimamente la información, el clítoris mide unos 10 cm aprox, su función no es otra que generar placer, y cuando nos excitamos se llena de sangre y puede hasta triplicar su tamaño, así que de botón tiene poco.

Nuestro lenguaje realmente es muy potente e influyente y es necesario tomar conciencia de cómo esto nos construye y nos modifica internamente, de cómo toda esta herencia cultural y la ausencia de una buena educación afectivo-sexual ha condicionado nuestra visión y la relación con nuestro cuerpo, porque es a partir de aquí desde donde podemos empezar a ser más conscientes y cambiar esas creencias y ese modo de mirarnos.

Y porque esta desconexión tan interiorizada y profunda de nuestras vulvas en nuestro mapa cerebral se correlaciona directamente con una enorme cantidad de patologías del suelo pélvico, con tener una menor conciencia corporal, con una imagen mental pobre, poco nítida, con unas barreras mentales acerca de no tocarse, no mirarse y no darnos placer muy profundos que luego cuesta mucho esfuerzo cambiar y desaprender.

Cada persona llevamos nuestra propia mochila de cargas (mentales, corporales y emocionales) que se interrelacionan entre sí, y ésta generalmente es una que se lleva la palma en un número demasiado elevado de mujeres. Tomar conciencia de ellas y comprender cómo nos afectan nos ayuda a responsabilizarnos de nuestro cuerpo, de nuestra salud y de nuestro placer, de autoconocernos y de decidir por nosotras mismas lo que nos gusta y queremos y lo que no.

Igual que conocemos a la perfección nuestra cara, nuestras manos o las pecas de nuestro cuerpo, es igual de necesario que conozcamos nuestros genitales y nuestro periné, que los miremos, los toquemos, los acariciemos, los tratemos con curiosidad, con cariño, con mimo y con respeto, porque forman parte de nuestro cuerpo, porque es absolutamente necesario para tener una buena salud sexual, porque autoconocerse es sano, nos genera seguridad, confianza en nosotros mismos, autoestima, bienestar y placer, y porque si no conocemos nuestro cuerpo es imposible poder cuidarlo bien.

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Recapitulando, podríamos decir que los problemas de suelo pélvico empiezan desde que somos muy pequeñas, producto muchas veces de una herencia cultural retrógrada sumada a una inexistente educación afectivo-sexual integral de calidad, lo cual nos dificulta enormemente al auto-conocimiento y la vinculación con nuestro periné, y nos predispone a tener unas creencias que poco-nada tienen que ver con la realidad, contribuyendo en última instancia a una buena parte de las patologías perineales actuales.

Si tienes algún problema de suelo pélvico o si conoces a alguien de tu entorno que pueda tenerlos, no dudes en compartir esta información y pedir ayuda para solucionarlo. No permitas que se continúen normalizando y cronificando los problemas de salud perineal femeninos, contribuye a combatirlos y prevenirlos difundiendo y compartiendo información real, nombrando cada parte del cuerpo de manera correcta, abordando la sexualidad de manera desprejuiciada y con naturalidad desde pequeños, sin ocultar información ni mentir, y normalizando el hablar del cuerpo en casa.

 

La información y el conocimiento son herramientas poderosísimas para mejorar el mundo, no lo dudes, ¡á(r)rmate!