¿Valorar mi suelo pélvico?

¿En qué momento es bueno valorar el suelo pélvico? ¿Cómo sé si necesito acudir a un fisio especialista? ¿Qué es eso de ‘valorar’ y en qué consiste exactamente?

Cada vez es menos infrecuente conocer a alguien que cuenta que va a la fisio de suelo pélvico, que le han dicho que tiene que ir a ‘rehabilitación’, o escuchar algún comentario o recomendación al respecto, pero, ¿en qué momento podemos necesitar una valoración y de qué va el asunto?

Los problemas de suelo pélvico abarcan un amplísimo abanico de alteraciones y patologías que van desde los muy conocidos escapes de pis al toser, al saltar, al correr o al reír, hasta tener dolor en la vulva o en la vagina en algún momento como sucede -y no pocas veces- en las relaciones sexuales, por ejemplo, pasando por tener problemas a la hora de orinar o de defecar, tener alterados el deseo miccional o el deseo defecatorio, presentar problemas en la fase de expulsión de las heces o de la orina, tener dolor en algún lugar de la pelvis, de la zona lumbar o del abdomen de manera frecuente. También tener un prolapso vaginal, o lo que es lo mismo, un descenso de la vejiga, del cuello uterino o del recto, lo cual puede ocasionar a su vez sensaciones de bulto o de pesadez en la vulva, convivir con infecciones de orina recurrentes (cistitis recidivantes), con sensaciones de urgencia cada vez que la vejiga se llena y tenemos ganas de hacer pis, padecer estreñimiento de manera crónica, fisuras anales o hemorroides (las cuales son también muy frecuentes y requieren tratamiento y cuidados), incontinencia no solo de pis, sino también de gases o de heces (un problema bastante grande no sólo por la incontinencia en sí sino por el condicionamiento y el aislamiento social que implica), tener alguna cicatriz que nos provoque dolor o tirantez, y en general cualquier síntoma, molestia, tensión o dolor que nos esté generando un problema o disconfort en alguna de estas partes de nuestro cuerpo.

Todas y cada una de estas situaciones suceden de manera muy frecuente en miles y miles de cuerpos cada día, y todas ellas pueden y deben tratarse

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Que algo ocurra de manera muy frecuente en muchas personas no equivale a que ese algo sea normal.

Necesitamos comenzar a poner nitidez y claridad en todo este asunto de valorar y cuidar nuestro periné como una parte esencial más de nuestro cuidado personal, porque existen muchísimas personas que conviven con este tipo de alteraciones en su vida diaria (especialmente mujeres) que por puro desconocimiento relegan su problema al consumo de fármacos y a la resignación del “esto se pasará con el tiempo”. Y no se pasa. Y es que muchas veces son los propios profesionales sanitarios -nuestros compañeros ginecólogos, urólogos, matronas, coloproctólogos, médicos de atención primaria, etc- los que desconocen nuestra labor y potencial como fisioterapeutas especialistas en este área -la pelviperineología-, y por lo tanto, en demasiadas ocasiones, ni se conocen las opciones terapéuticas reales, ni se realizan las derivaciones oportunas que el paciente necesita. 

 

Las resistencias para romper las dinámicas establecidas.

No es que estos profesionales sean malintencionados, más bien lo que ocurre es que los fisios perineales somos unos recién llegados que todavía vamos en pañales por el mundo médico, y cambiar ciertas tendencias, cuesta. Si como fisioterapeutas ‘generales’ que llevamos presentes varias décadas en este país todavía no se nos reconoce nuestra labor en muchas consultas de traumatología, -lo cual es básico-, hacernos hueco en un mundo que muchas veces arrastra el individualismo, la competitividad y las jerarquías de la medicina occidental más tradicional, y que ni siquiera se interesa por actualizarse ni por (re)conocer el valor de otras ramas y metodologías (y aquí entramos entrenadores, nutricionistas, terapeutas ocupacionales, psicólogos, y un larguísimo etc), estamos limitando nuestros recursos y posibilidades de mejora. 

Si a esto le sumamos el tremendo tabú que todavía a día de hoy supone hablar sin tapujos de los malestares que podamos sentir entorno a nuestros genitales, la normalización que se ha generado de que este tipo de cosas sucedan “y aquí no pasa nada”, y la interiorización de mitos socialmente aceptados como “las mujeres somos más estreñidas por naturaleza”, “es normal que se nos escape el pis a partir de cierta edad”, “a las mujeres nos cuesta más llegar al orgasmo”, “a veces es normal tener molestias en las relaciones”, etc., etc., tenemos el cóctel perfecto para que estas patologías queden en el silencio y la resignación.

No sólo se trata del gran esfuerzo que nos supone hablar sin apuros ni vergüenzas sobre nuestros malestares íntimos, sino de todo lo que hay detrás de esto, las constantes directrices castrantes entorno a nuestra sexualidad a lo largo de nuestra vida, la nula educación sexual recibida, la falta de autoconocimiento que tenemos del propio cuerpo, el ocultismo y la mudez que rodean todos estos malestares, las carencias que tenemos en el lenguaje a la hora de referirnos a una zona anatómica concreta o lo difícil que nos resulta nombrar nuestras vulvas sin eufemismos ni términos ridiculizantes, y todo esto, lo creas o no, afecta directamente a nuestra salud pélvica (sobre esto profundizo más en el artículo: ¿Realmente nos conocemos?).

En base a esto, a mi experiencia y a la de muchísimos otros compañeros, me atrevo a afirmar que el primer problema a la hora de diagnosticar una disfunción de suelo pélvico es la invisibilización de la propia patología, el desconocimiento de la importancia de ser tratada, y por lo tanto su infravaloración por parte de la persona que la padece y de toda la sociedad. 

Cuántos casos me encuentro de mujeres que llevan con incontinencia urinaria años y años cuya única solución propuesta ha sido vivir usando compresas, cuántas veces se espera a que un prolapso avance para ponerles una malla y que al año o a los dos años vuelvan a estar igual, cuántas mujeres con dolor en las relaciones coitales a las cuáles les han dicho “tienes todo bien, el dolor está en tu cabeza” o “es que te tienes que relajar”, cuántas veces he escuchado un “yo pensaba que esto era normal”, “a mi nadie me ha dicho que esto tenía arreglo”, “si lo llego a saber antes”… 

Como se dice en mi gremio, lo que no se habla, no se mira y no se toca, no existe. Y este vendría a ser el primer obstáculo en quienes tienen alguno de estos problemas: la desinformación. El no saber que eso que les pasa es una alteración de la función normal de su cuerpo, que se puede tratar, reeducar, trabajar y mejorar en la inmensísima mayoría de los casos, que existen especialistas a los que se puede consultar, con quienes ponerse manos a la obra y comenzar una reeducación y un aprendizaje que permita ir gestionándolo poco a poco mejor, y que, si es necesario, existen otros profesionales con los que complementar ese trabajo como la psicología, el entrenamiento, la nutrición u otros compañeros fisioterapeutas por ejemplo, porque muchas veces es precisamente esta riqueza y esta combinación de aportaciones, visiones y abordajes lo que nos permite conseguir el tratamiento “a medida” que esa persona necesita. 

Cada persona requerirá un proceso, el suyo propio, necesitará contar con información de calidad sobre cómo funciona su cuerpo, entender lo que le pasa y por qué le pasa, necesitará integrar un trabajo corporal concreto, aprender a trabajarse, a mirarse, a tocarse de un modo nuevo quizá, y esto tan sencillo y a la vez tan complejo es lo que los fisioterapeutas en general -pelviperineales en particular- hacemos. Acompañar, guiar, informar, apoyar ese proceso de cambio, ayudar a entender mejor qué nos ocurre a nivel corporal, dar los inputs necesarios y transitar acompañada esa readaptación el tiempo que necesitemos hasta que nos recuperemos y/o reparemos este cuerpo-mente que somos.

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Primera consulta.

La mayoría de las veces una no sabe muy bien a qué viene ni qué es exactamente lo que se hace. En el imaginario de cada una habrá una idea más o menos acertada de nuestra labor, pero son muchísimas las veces que se pronuncia un “no tenía ni idea”, así que vamos a arrojar algo de luz y aclarar qué hacemos, cómo lo hacemos y para qué sirve una valoración perineal.

Lo primero de todo es preciso sentarnos y hablar, hablar bastante además, saludarte, conocerte, preguntarte qué te trae por aquí, cuál ha sido tu recorrido hasta llegar aquí, comenzar a recoger los datos más básicos de salud, los antecedentes médicos que tengas, las lesiones que hayas tenido, las intervenciones quirúrgicas que se te hayan realizado, la medicación que tomes si la hay, y básicamente comenzar a vislumbrar qué te ocurre, cómo te sientes, qué sabes acerca de ello y cómo entiendes tu cuerpo.

El suelo pélvico -o periné como prefiero llamarlo- no sabe trabajar de manera aislada. De hecho nada en el cuerpo sabe trabajar de manera aislada. Todo está unido y conectado entre sí, trabaja en conjunto y se coordina. El famoso Somos un todo se cumple, y con el periné ocurre lo mismo. No trabaja solo, la mayor parte del tiempo funciona junto con todo el cilindro que es nuestro abdomen-columna y diafragma torácico respiratorio, por eso es importante saber cómo está el periné en sí pero también lo es saber cómo trabaja todo en su conjunto.

En esa primera consulta, antes de tocar nada, insisto, es importantísimo invertir tiempo en realizar una buena historia clínica que nos dé pistas sobre cómo está el cuerpo en ese momento. Necesitamos recabar la mayor información posible sobre el origen (o los orígenes) del problema en cuestión, preguntar por cómo son los signos y síntomas que cada persona presente, el tiempo que se llevan manifestando, en qué intensidad, si siguen algún tipo de patrón concreto, qué los alivia, qué los reproduce (…) porque son muchas las veces en que síntomas ‘sin relación aparente’ van mucho más de la mano de lo que pensábamos, y una vez hayamos recabado y cribado toda esa información, entonces sí podemos continuar con la explicación de lo que va a ser la valoración.

En el periné confluyen tres sistemas: el urinario (vejiga-uretra), el sexual-obstétrico (vulva-vagina-útero-ovarios) y el digestivo (en su último tramo, colon-recto y ano). Estos tres sistemas conviven íntimamente pegados entre sí en el interior de nuestra pelvis, cada víscera ocupa su lugar dentro del espacio pélvico, están “en pack”, apoyándose unas sobre otras encajando a la perfección como si fueran las piezas de un gran puzzle, y a su vez todo este puzzle está unido, sostenido e interconectado mediante músculos, fascias y ligamentos, por eso cuando algo en nuestro cuerpo se descoloca, se inflama, se altera o se daña, es fácil que afecte a alguna estructura vecina. 

Por esta razón siempre hemos de preguntar por la integridad, funcionalidad y posibles alteraciones de todo lo que tiene que ver con estos tres sistemas. Se trataría de ir buscando pistas chequeando cada una de las partes que conforman todo el sistema pelviano. Dependiendo de cada caso nos entretenemos más o menos evaluando más exhaustivamente el ámbito que más nos interese, y una vez que tenemos toda esta información sobre la mesa, se explica en qué consiste la valoración con ayuda de láminas, dibujos y maquetas. Es importante entender que muchas veces incluye una exploración por vía vaginal, ya que es el único modo de poder acceder a estructuras más profundas, y a veces, según el caso, también (o sólo) por vía rectal, dependerá del caso, y por último se firma un consentimiento informado que refleja la conformidad con lo explicado.

 

Ahora sí, comenzamos la valoración.

Como ya he ido apuntando, se trata de comprobar el funcionamiento de nuestro cuerpo por partes y en conjunto. Se suele comenzar valorando la postura, cómo es la actitud postural de esa persona, cómo son las curvaturas de su columna, la posición de la pelvis, de las caderas, del abdomen, del tórax… a groso modo sería analizar cuáles son sus tendencias posturales observando desde la globalidad. Esto se realiza de pie, descalza, con el tronco despejado, mientras se van solicitando acciones (toser, respirar, coger aire, agacharse…). Después se suele pasar a la camilla, tumbada boca arriba, donde primero palpamos y apreciamos cómo está el diafragma (recordemos, es el “techo” del suelo pélvico y le influye directamente), valoramos cómo es su movimiento, aplicamos algunos test para comprobar su grado de tensión, palpamos el abdomen, exploramos cómo está el tejido, cómo responde a las presiones, si hay alguna restricción al movimiento, si hay cicatrices, adherencias, si hay algo que reproduzca dolor, si esa musculatura se coordina o no con otras, en qué intensidad, etc (…) Y una vez valorados el techo y las paredes de ese sistema, pasamos a la valoración del periné o suelo pélvico, en la misma posición, tumbadas boca arriba con los pies apoyados en la camilla y las rodillas dobladas, en primer lugar observamos el aspecto de la piel, la coloración, el trofismo, los labios, el vello, si hay cicatrices, si hay simetría, comprobamos si el periné responde bien al control voluntario, es decir, te pido que imagines que quieres cortar el chorro de pis o aguantar un gas y compruebo si efectivamente se produce esa contracción muscular, etc.

Y aquí hago un inciso, porque yo, como fisio, normalmente anticipo cada maniobra que hago antes de realizarla, mucho más aún en esta zona, y a su vez voy explicando los hallazgos que voy encontrando manteniendo la comunicación con la persona que estoy valorando, y antes de palpar el periné pido permiso para poder tocar, porque hemos de ser conscientes de que estamos “invadiendo” una parte muy íntima de nuestro cuerpo con una altísima sensibilidad que merece un trato, unos cuidados y una delicadeza máximas siempre.

Cuando llegamos a este punto, ya llevamos un buen rato primero hablando, y después tocando a esa persona, y esto es importante porque nos permite crear un espacio de mayor empatía y confianza que hace que esa persona que mucha veces se siente vulnerable y expuesta en este tipo de exploraciones, se vaya sintiendo algo más cómoda y más tenida en cuenta, y esto, no es poco. No lo es porque rara vez te encuentras con alguien que no haya tenido experiencias ginecológicas más o menos traumáticas por haberles hecho daño en una exploración o por haberles tratado con brusquedad o frialdad, y esto es algo que nunca debería ocurrir. 

Tras este preciso paréntesis, la exploración seguiría con la palpación de las estructuras más superficiales del periné, músculos finos que encontramos inmediatamente por debajo de la piel de la vulva, y después, ahora sí a nivel interno, con sumo cuidado, y siempre y cuando esa persona y ese cuerpo lo permitan y no haya dolor, se valora internamente cómo están y cómo se comportan las estructuras más profundas. Para ello empleamos guantes y lubricante, y vamos evaluando una serie de parámetros (tono muscular, fuerza, resistencia) y comprobamos que no haya bandas tensas que duelan, puntos gatillo, restricciones de movimiento (…) dirigiéndonos más hacia aquello que por razonamiento clínico e intuición sospechemos sea el/o los responsables.

Una vez hecha la valoración os contamos cuáles han sido los hallazgos, cuál es nuestra sospecha y cuál va a ser el modo de proceder para solventar el problema, planteamos el tratamiento, marcamos los objetivos a corto, medio y largo plazo, y lo más importante, nos aseguramos de que la persona entiende qué es lo que le pasa, por qué, y qué es lo que vamos a hacer para resolverlo.

Generalmente si hay dolor nuestro primer objetivo siempre va a ser aliviar y eliminar ese dolor, ya que normalmente es el mayor condicionante de calidad de vida y también la principal preocupación. Desde la fisioterapia disponemos de todo un arsenal de técnicas manuales que suelen ser muy eficaces, junto con otras tantas técnicas instrumentales (ganchos, ventosas, punción seca, corrientes, radiofrecuencia…) más todas las recomendaciones higiénico-dietéticas, posturales, de estiramientos, de actividad física, etc., no menos importantes que cada uno necesite. Una vez controlado el dolor, se continuaría con el restablecimiento de la función alterada en caso de haberla, y en líneas generales los objetivos serían mejorar la sintomatología, frenar el avance de la disfunción, revertirla en la medida de lo posible y resolver el problema desde la raíz.

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Ésta es una generalización, y como toda generalización tiene sus sesgos y no representa todas las realidades de una consulta ni muchísimo menos. Cada persona requerimos un trato y un abordaje únicos, personalizado e individualizado, porque existe tal diversidad en cada complejidad humana que es imposible describir certeramente cómo sería un procedimiento “estándar”. Lo más frecuente es que en cada uno de nosotros coexistan diversos procesos y alteraciones más o menos importantes con los que convivimos mejor o peor, que pueden estar diagnosticados o no.

Trastornos metabólicos, hormonales, tiroideos, hernias discales, de hiato o inguinales, cirugías aunque hayan sido hace muchos años, caídas, accidentes, cicatrices de cesáreas, dolores menstruales u otras alteraciones en el ciclo, patologías como la endometriosis, el síndrome de ovarios poliquísticos (o SOP), enfermedades autoinmunes, intolerancias alimentarias, patologías intestinales inflamatorias, problemas en la lubricación vaginal, en la líbido, a la hora de llegar al orgasmo, procesos emocionales duros, duelos, pérdidas, vivir con estrés, no hacer ejercicio físico, consumir comida ultraprocesada, tabaco o alcohol, no hidratarnos adecuadamente… Todo esto nos influye y conforma nuestra salud, ¡todo!, y puede tener relación con un problema que aparezca en el periné, o puede que no la tenga, -como todo en nuestro cuerpo-.

Lo que sí es universal es que, independiente de lo que nos suceda en concreto, es básico y necesario revisar el conocimiento que tenemos sobre ello, despejar todas las dudas, mitos y confusiones que haya y sustituirlas por evidencia, claridad y verdad, tomar conciencia de lo que nos sucede y ser parte activa en nuestros procesos, porque la salud no es algo ajeno a nuestra voluntad ni es algo “que nos toca”, sino que la mayoría de las veces tiene mucho más que ver con cómo vivimos y cómo nos tratamos en el día a día que con el libre albedrío.

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Todas las patologías que he nombrado al principio son verdaderos problemas de salud tremendamente frecuentes, que muchas veces acarrean dolor, preocupación y sufrimiento en quienes lo padecen. El mero hecho de leer este tipo de información, de reflexionar sobre ello, de darnos cuenta del peso y del impacto real que tienen, y de compartirlo (hablándolo en una reunión familiar, comentándolo con los amigos, sacando el tema en distintos círculos…) ya contribuye a que estas situaciones dejen de ser tan olvidadas y dejen de vivirse desde la resignación y el silencio.

Necesitamos socializar el saber perineal, conocer que las disfunciones de suelo pélvico existen y se previenen con información y con autoconocimiento, y si es desde bien pequeñas, mejor. Necesitamos poder hablar y expresarnos sin dificultades, ni miedos ni censuras, en un café con las amigas o en una consulta médica cualquiera, acostumbrarnos a hablar de ello, a que sea un tema más en la conversación, a manejar los términos, naturalizar el hablar de vulvas, de orgasmos, de fluidos, de partos, de secreciones, de clítoris, de menstruaciones o de sexualidades, y despojarles de todo ese halo oscuro de pudor e incomodidad que tan injustamente les rodea. Porque detrás de ese halo hay una gran desvalorización de lo femenino (esto daría para otro artículo) y una gran falta de información, por eso necesitamos cuestionar lo aprendido, revisar nuestras creencias, darle a nuestro periné ese valor, esa importancia, esa atención y esos cuidados que como todo necesita, y conectarnos más con nosotras mismas.

Creo que sólo así nos haremos más sabias, más libres y más felices.

 

Los grandes mitos de la higiene vulvovaginal

¿Crees que es necesario emplear jabón para limpiar bien los genitales? ¿Te parece importante tener un hábito de higiene ‘extra’ para evitar malos olores? ¿Piensas que conviene usar algún tipo de jabón íntimo especial para una zona tan delicada? 

Quizá te sorprenda saber que todos esos productos de higiene íntima “específicos” (que si pH neutro, que si jabón especial, que si es de farmacia…) con muchísima frecuencia nos crean más problemas de los que aparentemente resuelven, lo que ocurre es que casi nunca asociamos esos problemas a su uso.

Existe una oferta enorme de este tipo de productos en el mercado (para nosotras, por supuesto, porque para el pene no encontrarás a penas ninguno), pero lo cierto es que tienen mucho más que ver con un interés económico en vendernos cuantos más mejor, que con una necesidad real de precisar un producto concreto.

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Desde pequeñas vemos por la tele anunciar jabones íntimos especiales para la vulva, toallitas húmedas perfumadas con olor a jazmín y a flores, compresas y salvaslips que neutralizan el olor, incluso productos para hacer duchas vaginales (esto todavía me deja súper perpleja) y otros tantos desechables llenos de químicos de uso más o menos cotidiano que realmente no necesitamos

Toda esa publicidad, junto con la escasa-nula educación sexual, nos ha hecho creer e interiorizar que nuestros genitales son sucios, que huelen mal y que debemos tener un cuidado y una higiene extra para mantener una buena higiene corporal. Pero señoras, ¡nada más lejos de la realidad!

Entremos en materia.

La vagina y la uretra son un tipo de tejido cuya capa externa -la que vemos- es mucosa, como el interior de la boca o los ojos. Es un tejido orgánico diferente a la piel, muy suave y húmedo, que necesita mantener un grado de humedad constante para que funcione correctamente. La vagina, además de esta humedad, tiene un pH ácido característico y un conjunto de microorganismos que habitan de manera natural en ella: la llamada flora o microbiota vaginal.

Digamos que nuestra vagina es un perfecto ecosistema que combina millones de bacterias y hongos que conviven en sano equilibrio, en un ambiente ácido concreto, que en conjunto forman una barrera defensiva natural que nos protege frente a infecciones y patógenos externos.

Este ecosistema es único en cada mujer y es absolutamente necesario para mantener una buena salud vulvo-vaginal. Ahora bien, ¿qué ocurre cuando aplicamos jabón en esta zona? el jabón es una sustancia detergente abrasiva que desequilibra el pH y altera la microbiota y la mucosa de nuestra vagina, y precisamente por este motivo muchas mujeres refieren síntomas frecuentes como picor, escozor, sequedad, piel irritada, e incluso flujo más denso o con mal olor¡Qué paradoja! Empleamos jabón y más jabón cuando percibimos este tipo de signos, lo cual a su vez los perpetúa y empeora! De hecho, actualmente se considera que la ruptura del equilibrio de las bacterias de la microbiota vaginal es el pilar fundamental en la génesis de las infecciones vaginales, ¡casi nada!.

Si os fijáis, la mayoría de estos jabones presumen de tener un pH neutro, como si ello nos viniese bien (desconozco dónde se informan los fabricantes pero madre mía qué fuentes). En los últimos tiempos también han aparecido en el mercado jabones de pH’s ácidos, lo que ocurre es que dentro de esa acidez cada mujer tenemos un pH propio y único que ningún jabón va a imitar y cuyos componentes van a continuar siendo irritativos e irrespetuosos con nuestra microbiota vaginal.

En resumidas cuentas, no nos conviene emplear ningún jabón para limpiar nuestra vulva. La única excepción será por prescripción médica ginecológica como coadyuvante a un tratamiento por un problema concreto, pero que siempre será de manera puntual y temporal.

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Entonces, ¿cuál es el mejor producto para limpiar la vulva? El mejor producto, ninguno. ¿Y cómo nos limpiamos entonces? Con agua y con nuestras manos, nada más y nada menos.

Para una correcta higiene hemos de dejar caer el agua entre los labios de la vulva y pasar los dedos suavemente entre los labios, así de sencillo. Si te fijas, entre los labios internos y los externos encontramos una especie de “valle” (llamado hendidura interlabial), en este lugar concretamente se segrega una sustancia antibacteriana que nos protege llamada esmegma* que debe ser limpiada con regularidad porque si se queda más tiempo de la cuenta se vuelve irritativa y genera un olor fuerte y desagradable, de ahí la importancia de retirarla. También es importante retirar hacia atrás el capuchón del clítoris y limpiar alrededor de éste, porque debajo de esta piel que cubre el glande de nuestro clítoris también puede acumularse esta sustancia que como decimos resulta irritativa si no la retiramos. Así, todos los repliegues de la vulva quedarían perfectamente limpios y sin alterar en absoluto ni su pH ni su flora.

* El esmegma es una sustancia blanquecina antibacteriana que se segrega en los repliegues de los genitales de hombres y mujeres pero que sólo ha sido ampliamente reconocida y estudiada en el hombre (¡qué novedad!). Del mismo modo que se secreta en la hendidura balano-prepucial del pene que vemos al retirar el prepucio y descubrir todo el glande, se secreta en la hendidura interlabial entre los labios internos y externos en la vulva.

Con asearnos una vez al día es suficiente, igual que con el resto del cuerpo. No hace falta hacer lavados “extra” para una correcta higiene, ni usar toallitas que no limpian y aun encima contienen químicos que también son muy irritativos (sobre todo las perfumadas). Y lo mismo ocurre con los salvaslips, las compresas del súper o los tampones, estos desechables contienen un montón de tóxicos que son absorbidos por las mucosas y que interfieren con la microbiota y con toda nuestra salud hormonal a modo de disrupciones endocrinos (relacionados a su vez con un buen listado de problemas ginecológicos). De hecho, durante muchos años, marcas muy famosas se negaron a publicar la composición de sus productos, pero ese es otro tema del que también nos ocuparemos en otro momento.

Tampoco es necesario asearnos más cuando menstruamos, la vagina de hecho se mantiene verdaderamente limpia porque por ella fluye la descamación del endometrio que arrastra consigo todo lo que no necesitamos. La sangre menstrual no huele, lo que huele es la sangre estancada mezclada con los químicos de esos desechables. Esto es algo que se hace muy evidente cuando “te pasas” a la copa menstrual (cuyo uso por cierto recomiendo enormemente) o pruebas los salvaslips y compresas de tela de algodón sin químicos.

Tampoco conviene emplear esponjas porque en ellas se suele acumular mucha suciedad, ni muchísimo menos lavar a nivel interno, por dentro, -la vagina vaya-, ya que la vagina es el órgano con el mejor sistema de limpieza de nuestro cuerpo y no requiere ningún tipo de higiene ni de lavado por nuestra parte, ella sola se “autolimpia” (así de sabia es la jodía).

Para terminar, me gustaría romper una lanza en favor de las bragas de algodón, “las de toda la vida”, porque esto también influye directamente en nuestra salud vulvo-vaginal. Las famosas tangas, tiras, blondas, lycras, elásticos, sintéticos, bordados, lazos… nada de esto sienta bien a nuestro periné. La piel de la vulva, al igual que la piel del resto del cuerpo, necesita respirar, no tener nada que la apriete ni comprima para que la sangre circule libremente sin problemas y no se genere humedad constante en la vulva que favorezca la proliferación de bacterias hacia la uretra (cuidado con esto quienes tengan infecciones urinarias frecuentes, ¡la humedad es el caldo de cultivo perfecto para la proliferación de los bichillos!).

La mejor opción sin duda siempre son las fibras de algodón, suaves, transpirables, que no aprieten. Otra opción fantástica es dormir directamente sin ropa interior para permitir que la piel transpire cien por cien y la sangre circule sin un ápice de dificultad (además de ser un gran placer, por cierto). Imaginaos mantener una parte de vuestro cuerpo (véase una mano, un brazo, un pie, lo que queráis) constantemente cubierta día y noche, ¿a que os terminaría resultando incómodo? pues lo mismo ocurre con el periné. 

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Ahora sí, sobran las razones para replantearse el uso de químicos innecesarios -o al menos reducirlos- y pasarse al only water in the shower, algodón diurno y aire libre nocturno. Cuidemos de nuestros perinés, la salud de nuestros tejidos nos lo agradecerán. La información es poder, si te parece útil, comparte!

¿Realmente nos conocemos?

Cada vez son más las mujeres que demandan consultas de fisioterapia especializada en suelo pélvico, ya sea porque se han quedado embarazadas y saben que de algún modo influye, porque han pasado un parto y quieren recuperarse o tienen problemas a la hora de retomar las relaciones, o porque a partir de la menopausia han empezado a tener pérdidas de orina cuando cogen pesos, practican deporte o simplemente se ríen. Pero, ¿por qué nos sucede? ¿acaso antes no había disfunciones de suelo pélvico?

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La cantidad de mujeres con disfunciones de suelo pélvico en todo el mundo es incalculable. Las cifras de los estudios científicos varían muchísimo porque cada estudio emplea una metodología diferente y cada disfunción se analiza por separado. Las estimaciones revelan que alrededor del 35% de las mujeres padecen incontinencia urinaria, entre el 16 y el 20% han padecido o padecen habitualmente dolor asociado a las relaciones sexuales, y el 33% padece algún tipo de prolapso. Son tasas altísimas que reflejan la magnitud de un verdadero problema de salud pública, y sin embargo son patologías que a día de hoy se continúan infravalorando, invisibilizando y lo que es aún peor: normalizando. Y es que detrás de todo esto hay una herencia cultural profundamente misógina y machista que ha impregnado cada ámbito de nuestra vida.  

Desde pequeñas se nos han transmitido una serie de mensajes muy claros acerca de cómo tenía que ser la relación con nuestro cuerpo; se nos ha enseñado que nuestros genitales son feos, oscuros, obscenos y sucios, que huelen mal y se debe esconder, nos han repetido una y otra vez “eso no se mira”, “eso no se toca”, “con eso no se juega”, “las señoritas no se tocan ahí”, “eso es de cochinas” (…) mientras que a los niños sí se les ha permitido descubrir y explorar su cuerpo de un modo mucho más libre y menos represivo, mirándose y tocándose sin esos condicionantes externos negativos más o menos inconscientes.

Puede parecer irrelevante, pero cuando los niños con 3 – 4 – 5 – 6 años se tocan, se miran, juegan, se exploran, prueban a estirarse el pene, a presionarlo, a girarlo, etc., realmente están descubriendo su cuerpo, se están auto-conociendo y están integrando su genitalidad en su esquema corporal, lo cual es fundamental para adquirir un buen desarrollo corporal propioceptivo (sentir adecuadamente el intercambio constante de información sensorial y motora del cuerpo).

Si de niñas no se nos permite explorar y conocer nuestro cuerpo de manera libre, orgánica y natural, sin juicios ni restricciones, y si aún encima se normaliza la represión hacia nuestra propia genitalidad (“eso no se toca”, “eso no se mira”), nuestro cerebro no configura de manera nítida esa parte de nuestro cuerpo, porque lo que no se ve y no se toca, para el cerebro no existe, -así funciona la fisiología neuronal-, y esto se traduce en mujeres que no se conocen, que no se tocan -o lo hacen lo justo-, e influye directamente sobre nuestra salud corporal, emocional y sexual.

“El sexo empieza a ocultarse cuando el cuerpo comienza a menospreciarse”

(Palabras de Ascensión Gómez, matrona y fisioterapeuta directora de Centro Hebamme)

 

La sexualidad femenina siempre ha estado plagada de mitos, tabúes y censura a todos los niveles (académico, familiar, religioso, social, cultural…) y todavía a día de hoy se continúa perpetuando desde los mensajes de los medios de comunicación (películas, anuncios, revistas, programas de televisión…) hasta lo que se nos dice en nuestro entorno social y familiar con los típicos comentarios y consejos.

Un claro ejemplo de ello es el lenguaje que comúnmente usamos. El lenguaje es un claro reflejo de cómo siente, piensa y actúa una sociedad, y la manera que tenemos de denominar a nuestros genitales continúa siendo errónea y cargada de connotaciones negativas. ¿De qué maneras nombramos los genitales masculinos? “Falo”, “nabo”, “banana”, “pepino”, “sable”, “salchicha”, “manguera”, “culebra”, “palote”, “chorizo”, “trabuco”, “berenjena”, (…) todas ellas haciendo referencia al pene en erección, -cómo no-, y siendo mayoritariamente representado como algo grande, magno, digno de admiración y orgullo, con unas connotaciones totalmente distintas a las que se suele emplear en nuestro caso.

En cambio a nosotras, ¿de qué manera se nos ha enseñado a nombrar nuestros genitales? “flor”, “rajita”, “huchita”, “florecilla”, “chirri”, “chirla”, “conejo”, “felpudo”, “chumino”, “gatera”, “almeja”, “ahí abajo”, “los bajos fondos”… menos VULVA que es su verdadero nombre, ¡cualquier cosa!

Por no hablar del clítoris, típicamente identificado como “botón”, “punto”, “timbre”… como si fuera un órgano pequeño y sin importancia. El clítoris ha sido el órgano más ocultado de la historia y su historia merece un libro entero, así que le dedicaré un artículo en exclusiva más adelante, pero por contrastar mínimamente la información, el clítoris mide unos 10 cm aprox, su función no es otra que generar placer, y cuando nos excitamos se llena de sangre y puede hasta triplicar su tamaño, así que de botón tiene poco.

Nuestro lenguaje realmente es muy potente e influyente y es necesario tomar conciencia de cómo esto nos construye y nos modifica internamente, de cómo toda esta herencia cultural y la ausencia de una buena educación afectivo-sexual ha condicionado nuestra visión y la relación con nuestro cuerpo, porque es a partir de aquí desde donde podemos empezar a ser más conscientes y cambiar esas creencias y ese modo de mirarnos.

Y porque esta desconexión tan interiorizada y profunda de nuestras vulvas en nuestro mapa cerebral se correlaciona directamente con una enorme cantidad de patologías del suelo pélvico, con tener una menor conciencia corporal, con una imagen mental pobre, poco nítida, con unas barreras mentales acerca de no tocarse, no mirarse y no darnos placer muy profundos que luego cuesta mucho esfuerzo cambiar y desaprender.

Cada persona llevamos nuestra propia mochila de cargas (mentales, corporales y emocionales) que se interrelacionan entre sí, y ésta generalmente es una que se lleva la palma en un número demasiado elevado de mujeres. Tomar conciencia de ellas y comprender cómo nos afectan nos ayuda a responsabilizarnos de nuestro cuerpo, de nuestra salud y de nuestro placer, de autoconocernos y de decidir por nosotras mismas lo que nos gusta y queremos y lo que no.

Igual que conocemos a la perfección nuestra cara, nuestras manos o las pecas de nuestro cuerpo, es igual de necesario que conozcamos nuestros genitales y nuestro periné, que los miremos, los toquemos, los acariciemos, los tratemos con curiosidad, con cariño, con mimo y con respeto, porque forman parte de nuestro cuerpo, porque es absolutamente necesario para tener una buena salud sexual, porque autoconocerse es sano, nos genera seguridad, confianza en nosotros mismos, autoestima, bienestar y placer, y porque si no conocemos nuestro cuerpo es imposible poder cuidarlo bien.

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Recapitulando, podríamos decir que los problemas de suelo pélvico empiezan desde que somos muy pequeñas, producto muchas veces de una herencia cultural retrógrada sumada a una inexistente educación afectivo-sexual integral de calidad, lo cual nos dificulta enormemente al auto-conocimiento y la vinculación con nuestro periné, y nos predispone a tener unas creencias que poco-nada tienen que ver con la realidad, contribuyendo en última instancia a una buena parte de las patologías perineales actuales.

Si tienes algún problema de suelo pélvico o si conoces a alguien de tu entorno que pueda tenerlos, no dudes en compartir esta información y pedir ayuda para solucionarlo. No permitas que se continúen normalizando y cronificando los problemas de salud perineal femeninos, contribuye a combatirlos y prevenirlos difundiendo y compartiendo información real, nombrando cada parte del cuerpo de manera correcta, abordando la sexualidad de manera desprejuiciada y con naturalidad desde pequeños, sin ocultar información ni mentir, y normalizando el hablar del cuerpo en casa.

 

La información y el conocimiento son herramientas poderosísimas para mejorar el mundo, no lo dudes, ¡á(r)rmate!