¿Realmente nos conocemos?

Cada vez son más las mujeres que demandan consultas de fisioterapia especializada en suelo pélvico, ya sea porque se han quedado embarazadas y saben que de algún modo influye, porque han pasado un parto y quieren recuperarse o tienen problemas a la hora de retomar las relaciones, o porque a partir de la menopausia han empezado a tener pérdidas de orina cuando cogen pesos, practican deporte o simplemente se ríen. Pero, ¿por qué nos sucede? ¿acaso antes no había disfunciones de suelo pélvico?

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La cantidad de mujeres con disfunciones de suelo pélvico en todo el mundo es incalculable. Las cifras de los estudios científicos varían muchísimo porque cada estudio emplea una metodología diferente y cada disfunción se analiza por separado. Las estimaciones revelan que alrededor del 35% de las mujeres padecen incontinencia urinaria, entre el 16 y el 20% han padecido o padecen habitualmente dolor asociado a las relaciones sexuales, y el 33% padece algún tipo de prolapso. Son tasas altísimas que reflejan la magnitud de un verdadero problema de salud pública, y sin embargo son patologías que a día de hoy se continúan infravalorando, invisibilizando y lo que es aún peor: normalizando. Y es que detrás de todo esto hay una herencia cultural profundamente misógina y machista que ha impregnado cada ámbito de nuestra vida.  

Desde pequeñas se nos han transmitido una serie de mensajes muy claros acerca de cómo tenía que ser la relación con nuestro cuerpo; se nos ha enseñado que nuestros genitales son feos, oscuros, obscenos y sucios, que huelen mal y se debe esconder, nos han repetido una y otra vez “eso no se mira”, “eso no se toca”, “con eso no se juega”, “las señoritas no se tocan ahí”, “eso es de cochinas” (…) mientras que a los niños sí se les ha permitido descubrir y explorar su cuerpo de un modo mucho más libre y menos represivo, mirándose y tocándose sin esos condicionantes externos negativos más o menos inconscientes.

Puede parecer irrelevante, pero cuando los niños con 3 – 4 – 5 – 6 años se tocan, se miran, juegan, se exploran, prueban a estirarse el pene, a presionarlo, a girarlo, etc., realmente están descubriendo su cuerpo, se están auto-conociendo y están integrando su genitalidad en su esquema corporal, lo cual es fundamental para adquirir un buen desarrollo corporal propioceptivo (sentir adecuadamente el intercambio constante de información sensorial y motora del cuerpo).

Si de niñas no se nos permite explorar y conocer nuestro cuerpo de manera libre, orgánica y natural, sin juicios ni restricciones, y si aún encima se normaliza la represión hacia nuestra propia genitalidad (“eso no se toca”, “eso no se mira”), nuestro cerebro no configura de manera nítida esa parte de nuestro cuerpo, porque lo que no se ve y no se toca, para el cerebro no existe, -así funciona la fisiología neuronal-, y esto se traduce en mujeres que no se conocen, que no se tocan -o lo hacen lo justo-, e influye directamente sobre nuestra salud corporal, emocional y sexual.

“El sexo empieza a ocultarse cuando el cuerpo comienza a menospreciarse”

(Palabras de Ascensión Gómez, matrona y fisioterapeuta directora de Centro Hebamme)

 

La sexualidad femenina siempre ha estado plagada de mitos, tabúes y censura a todos los niveles (académico, familiar, religioso, social, cultural…) y todavía a día de hoy se continúa perpetuando desde los mensajes de los medios de comunicación (películas, anuncios, revistas, programas de televisión…) hasta lo que se nos dice en nuestro entorno social y familiar con los típicos comentarios y consejos.

Un claro ejemplo de ello es el lenguaje que comúnmente usamos. El lenguaje es un claro reflejo de cómo siente, piensa y actúa una sociedad, y la manera que tenemos de denominar a nuestros genitales continúa siendo errónea y cargada de connotaciones negativas. ¿De qué maneras nombramos los genitales masculinos? “Falo”, “nabo”, “banana”, “pepino”, “sable”, “salchicha”, “manguera”, “culebra”, “palote”, “chorizo”, “trabuco”, “berenjena”, (…) todas ellas haciendo referencia al pene en erección, -cómo no-, y siendo mayoritariamente representado como algo grande, magno, digno de admiración y orgullo, con unas connotaciones totalmente distintas a las que se suele emplear en nuestro caso.

En cambio a nosotras, ¿de qué manera se nos ha enseñado a nombrar nuestros genitales? “flor”, “rajita”, “huchita”, “florecilla”, “chirri”, “chirla”, “conejo”, “felpudo”, “chumino”, “gatera”, “almeja”, “ahí abajo”, “los bajos fondos”… menos VULVA que es su verdadero nombre, ¡cualquier cosa!

Por no hablar del clítoris, típicamente identificado como “botón”, “punto”, “timbre”… como si fuera un órgano pequeño y sin importancia. El clítoris ha sido el órgano más ocultado de la historia y su historia merece un libro entero, así que le dedicaré un artículo en exclusiva más adelante, pero por contrastar mínimamente la información, el clítoris mide unos 10 cm aprox, su función no es otra que generar placer, y cuando nos excitamos se llena de sangre y puede hasta triplicar su tamaño, así que de botón tiene poco.

Nuestro lenguaje realmente es muy potente e influyente y es necesario tomar conciencia de cómo esto nos construye y nos modifica internamente, de cómo toda esta herencia cultural y la ausencia de una buena educación afectivo-sexual ha condicionado nuestra visión y la relación con nuestro cuerpo, porque es a partir de aquí desde donde podemos empezar a ser más conscientes y cambiar esas creencias y ese modo de mirarnos.

Y porque esta desconexión tan interiorizada y profunda de nuestras vulvas en nuestro mapa cerebral se correlaciona directamente con una enorme cantidad de patologías del suelo pélvico, con tener una menor conciencia corporal, con una imagen mental pobre, poco nítida, con unas barreras mentales acerca de no tocarse, no mirarse y no darnos placer muy profundos que luego cuesta mucho esfuerzo cambiar y desaprender.

Cada persona llevamos nuestra propia mochila de cargas (mentales, corporales y emocionales) que se interrelacionan entre sí, y ésta generalmente es una que se lleva la palma en un número demasiado elevado de mujeres. Tomar conciencia de ellas y comprender cómo nos afectan nos ayuda a responsabilizarnos de nuestro cuerpo, de nuestra salud y de nuestro placer, de autoconocernos y de decidir por nosotras mismas lo que nos gusta y queremos y lo que no.

Igual que conocemos a la perfección nuestra cara, nuestras manos o las pecas de nuestro cuerpo, es igual de necesario que conozcamos nuestros genitales y nuestro periné, que los miremos, los toquemos, los acariciemos, los tratemos con curiosidad, con cariño, con mimo y con respeto, porque forman parte de nuestro cuerpo, porque es absolutamente necesario para tener una buena salud sexual, porque autoconocerse es sano, nos genera seguridad, confianza en nosotros mismos, autoestima, bienestar y placer, y porque si no conocemos nuestro cuerpo es imposible poder cuidarlo bien.

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Recapitulando, podríamos decir que los problemas de suelo pélvico empiezan desde que somos muy pequeñas, producto muchas veces de una herencia cultural retrógrada sumada a una inexistente educación afectivo-sexual integral de calidad, lo cual nos dificulta enormemente al auto-conocimiento y la vinculación con nuestro periné, y nos predispone a tener unas creencias que poco-nada tienen que ver con la realidad, contribuyendo en última instancia a una buena parte de las patologías perineales actuales.

Si tienes algún problema de suelo pélvico o si conoces a alguien de tu entorno que pueda tenerlos, no dudes en compartir esta información y pedir ayuda para solucionarlo. No permitas que se continúen normalizando y cronificando los problemas de salud perineal femeninos, contribuye a combatirlos y prevenirlos difundiendo y compartiendo información real, nombrando cada parte del cuerpo de manera correcta, abordando la sexualidad de manera desprejuiciada y con naturalidad desde pequeños, sin ocultar información ni mentir, y normalizando el hablar del cuerpo en casa.

 

La información y el conocimiento son herramientas poderosísimas para mejorar el mundo, no lo dudes, ¡á(r)rmate!

 

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