Reflexiones de la adolescencia

Tenía 15 años cuando tuve mi primer novio y me inicié en mis primeras relaciones sexuales con alguien. No teníamos mucho dinero así que comprábamos a escondidas los preservativos más baratos que había. Un día se nos rompió el condón, no sé por qué motivo, si por mala colocación, por mala conservación (los llevábamos escondidos en las mochilas de la piscina o en los bolsillos pegados al cuerpo en pleno verano), la cuestión es que se rompió, y todo lo que sucedió después fue una de las peores vivencias de mi vida.

*  *  *

Sabíamos que el hecho de haberse roto era peligroso y podía significar un posible embarazo, -ETS aparte-, así que había que conseguir «la píldora famosa» como fuera. Él estaba preocupado, pero el marrón y el mal trago me lo comí yo solita. Tenía miedo. De hecho estaba cagada de miedo. Estaba híper nerviosa. Sabía que tenía que hacer algo y pronto, porque si tardaba en tomar la famosa píldora del día de después cada vez podría tener menos efecto. Lo sabía porque el año anterior, en tercero de la ESO, un día en una hora de clase vino una sexóloga a hablarnos sobre coitos (que no sobre relaciones sexuales) y nos dió 4 pinceladas pobres sobre cómo poner un condón, cómo funcionaba la píldora esa y al final de clase como nos sobraban 5 minutos nos enseñó un condón con cabeza de diablo en la punta (claro, tras 50 minutos de clase ya lo sabíamos todo, no había nada más que contar…). Yo no sabía a quién carajo contárselo, ¿a mis padres que con 15 años de edad y varios meses de noviazgo no me habían hablado de sexo en mi vida? ¿A una hermana 6 años mayor que yo que iba a su bola y temía cómo reaccionase o que se lo contase a nuestros padres? No me podía arriesgar. Sabía que en la farmacia no me la iban a dar por ser menor de edad. Y en tal caso ni siquiera me atrevía a ir a la farmacia del pueblo. Cómo iba a ir allí, con qué cara le pides a la farmacéutica de tu pueblo que te conoce desde bebé la pastilla del día de después. Empecé a buscar en foros de internet maneras de abortar, leí todo tipo de “remedios” tipo infusiones de hierbas que no sabía ni dónde se compraban, ejercicios como saltar fuerte mucho rato, incluso pegarme puñetazos en la tripa. Empecé a llorar desconsolada. Qué había hecho. Hice un amago de pegarme en el abdomen pero no fui capaz de darme fuerte. Concretamente recuerdo una de las respuestas de ese foro que decía que si lo habíamos hecho, ahora que apechugáramos. Y esa no era una respuesta única, había muchas, muchísimas más con la misma intencionalidad y estilo. Señoros anónimos sin tener ni p*ajolera idea de tu vida diciéndote que te jodas y que tengas un bebé que ni puedes, ni quieres tener. Un hurra por todos los gilipollas que se creen con la superioridad moral suficiente como para juzgarte y decirte lo que tienes que hacer en una situación así, y otro para los que nos machacan, nos cargan y nos responsabilizan exclusivamente  a las mujeres.

Finalmente decidí acudir a una prima también 6 años mayor que yo a quien le conté todo mi problema y quien, con 21 añazos, sinceramente tampoco sabía muy bien qué hacer. Su gran idea fue ir al centro de salud del pueblo (claro, vivíamos en un pueblo pequeño donde todo el mundo se conoce y los secretos tienen las patas cortas), pedirle la píldora al médico de guardia (era por la tarde) y guardarla bajo la lengua para dármela nada mas salir de allí. Claro, yo le acompañé, qué inocentes… La verdad es que no recuerdo bien qué es lo que nos dijo, pero no se lo tragó ni de lejos. Terminamos por contarle la verdad, que a la que se le había roto el preservativo era a mí. Aquel médico de guardia era mi médico de cabecera de toda la vida, ese hombre llevaba 15 años curándome los catarros, las gripes y las anginas, auscultándome, mirándome la espalda, la garganta y los oídos, se conocía toda mi historia clínica y familiar, y por supuesto también era el médico de cabecera de mis padres. Recuerdo estar en aquella sala de consultas de urgencias blanca y fría, ver cómo se quitaba las gafas, dedicarme una mirada juzgadora y condescendiente y decirme con su característica voz grave que si quería conseguir la píldora se lo tendría que contar a mis padres. En aquel momento, a mí se me caía el mundo encima. Qué había hecho. El corazón me latía más rápido de lo que se me salían las lágrimas. Y eso ya era decir. Cómo iba a reaccionar mi madre (porque por supuesto a mi padre no pensaba decírselo ni loca, nuestra relación era más que distante), pero estaba claro que no me quedaba más remedio. Subí a mi casa, entré a la habitación de mis padres y le conté todo a mi madre. Me miró entre decepcionada y estupefacta, se sentó despacio en la cama, respiró hondo, creo que hasta se mareó. Muy enfadada me dijo que ella llevaba toda la vida usando y no se le había roto nunca ninguno. No me creyó. Supongo que pensó que lo había hecho sin protección. Me dijo muy enfadada que nos íbamos a ir ahora mismo, y que si nos preguntaba alguien por la calle que dijera que me dolía el codo. Caminamos a toda prisa sin hablar hasta el ambulatorio y una vez allí me la dieron. Volvimos a casa de la misma manera, caminando muy deprisa, sin dirigirnos la palabra, y sinceramente tampoco recuerdo bien qué es lo que pasó después. Supongo que avisé a mi novio de que por fin me la había conseguido tomar, y me quedé en casa a llorar y a descansar. Mi nivel de estrés alcanzado creo que fue estratosférico. Me sentía mal, me sentía muy mal, me sentía culpable, me dolía el alma, no tenía consuelo, y todo por haber querido tener relaciones con mi novio en plena adolescencia. Mi madre me dijo que no le contara nada a mi padre (yo tampoco pensaba hacerlo), que ya vería ella cómo y cuándo se lo contaría. La cosa quedó ahí. No tengo unos recuerdos tan nítidos de aquella época como éstos. Una tarde, a los pocos días de haber pasado aquella fatídica tarde, con el disgusto ya algo menos presente, yo estaba tranquilamente en el cuarto de mi hermana no sé si jugando o haciendo un trabajo en el ordenador de mesa que teníamos en casa. Mi padre entró en el cuarto sin apenas hacer ruido, me tocó el hombro derecho por detrás con un par de dedos como quien llama a un desconocido cualquiera que está sentado en un bar, y me dijo mirándome a los ojos absolutamente serio: “tu madre me lo ha contado y voy a tardar mucho tiempo a volver a confiar en ti”. Me quedé de piedra. No sabía qué hacer, creo que le dije un “pues vale” y me giré de nuevo hacia la pantalla del ordenador fingiendo falsa despreocupación. En realidad, ese “pues vale” comprimía toda mi tristeza, mi rabia y mi incomprensión más absoluta hacia la actitud de mi padre. ¿Qué tipo de mierda de frase es ésta para decirle a tu hija después del mal trago que ha pasado? ¿Cómo quieres que me sienta? ¿Acaso os habéis molestado en hablar conmigo sobre relaciones en algún momento de vuestra vida? La respuesta claramente era no. Nunca. Jamás se volvió a hablar en casa sobre ello, ni de este tema ni de ninguno que tuviera que ver con el sexo.

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Ésta es una de las historias de mi vida, una historia de una joven cualquiera de la generación del 92 hace 12 años, pero podría ser la historia de cualquiera. Conozco muchísimas historias como ésta, de amigas, primas, conocidas, amigas de amigas, tú misma muy probablemente también habrás tenido vivencias desagradables entorno a tu sexualidad, y no tanto por la gravedad de los hechos en sí sino por el cómo lo sentimos y el cómo lo vivimos.

Es muy triste, doloroso y lamentable ver la falta de información, de recursos y de apoyo que hemos tenido y que aún hoy siguen teniendo los jóvenes. Mi problema no fue que tuviera relaciones con mi novio con 15 años y se me rompiera el condón, no, mi problema fue que no recibí una educación sexual en condiciones, que no tenía referencias, ni apoyo, ni un vínculo sano de confianza con mis padres para poder solucionar mi problema, y que con 15 años se nos negaba una sexualidad que era sana, era normal, era natural y que sobre todo era NUESTRA.

Yo no tengo rencor a mis padres por no haberme dado esa educación que tanta falta me hacía, sé que ellos lo hicieron como mejor creyeron que era en ese momento, de hecho ahora evidencio que todavía entienden muy poco de sexualidad, como la mayoría de los padres de su generación. Ellos fueron una generación educada en la ignorancia y el miedo a lo sexual, les enseñaron que era algo a ocultar, a esconder, que el placer era pecado y estaba mal, pero si aún encima lo hacías con 15 años, siendo chica, apaga y vámonos.

Me diría tantas cosas a mi yo adolescente… Ojalá hubiera tenido una educación sexual en condiciones, ojalá hubiera tenido información, ojalá me hubieran contado de qué iba todo esto, qué debía hacer si se rompía un preservativo, cómo evitar que me volviera a suceder, ojalá hubiera tenido acceso a preservativos con normalidad, ojalá hubiera tenido la confianza para llamar a mis padres corriendo nada mas pasarme aquello sin miedo a las represalias, ojalá.

Supongo que tampoco nos enseñan a darle la importancia que tienen este tipo de cosas, y luego pasan los años y un día te das cuenta del verdadero impacto que ha tenido en tu vida. Porque te aseguro que lo tiene. Tantísimas historias y vivencias llenas de tristeza, dolor, rabia y vergüenza que se quedan grabadas en las mentes a fuego por negarnos el derecho a disfrutarnos y a querernos…

La sexualidad forma parte de la vida, de la infancia, de la adolescencia, de la edad adulta y de la vejez, es innegable, lo que si bien es distinta en cada etapa, cada parte tiene su importancia. Los mitos, los tabúes y la desinformación hacen estragos y todavía hoy seguimos suspendiendo en educación sexual y afectiva sana, segura y responsable.

Como sociedad tenemos un compromiso ineludible con las generaciones presentes y venideras, no quiero que este tipo de experiencias sigan sucediendo, ni que los jóvenes lleguen a la adolescencia sin tener ni idea de lo que sucede en sus cuerpos, de cómo establecer relaciones sanas y seguras, de cómo respetar sus cuerpos, qué opciones existen, cómo se puede actuar en cada caso o dónde se puede acudir por nombrar sólo algunas de las parcelas que engloba la sexualidad humana, y para ello hace falta mucha no, muchísima educación afectiva y sexual obligatoria a todos los niveles. Sólo así conseguiremos deshacernos de una vez por todas del ocultismo y la ignorancia, normalizar la sexualidad como parte inherente de la vida y cambiar así el modo de vivirnos, de aceptarnos, de querernos y de relacionarnos.

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